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Mostrando entradas de febrero, 2026

De celebraciones ….

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Y comenzaron las celebraciones. Por mi cumpleaños… y el de otros también. Ayer martes, en medio de la reunión semanal del trabajo —tan estructurada, tan sueca— alguien decidió abrir un paréntesis. Un gesto sencillo. Nos cantaron felicidades a los cuatro nacidos en febrero. Dos entrando en su quinta década, con regalos incluidos. La directora, la de más años vividos entre nosotros. Y yo… cercano ya a las seis décadas, pero todavía con el corazón inquieto. Hubo risas contenidas al principio —esa risa escandinava que no irrumpe, sino que acompaña— y luego un ambiente más suelto, más cálido. Sobre la mesa: tortas de chocolate y de crema, galletas, bizcochos, café y té humeante. También una versión nórdica de aquel brazo gitano que conocí en Cuba, y otra que me llevó directo a la infancia: algo muy parecido a las torticas de Morón. Por un momento, Estocolmo y mi isla no estaban tan lejos. Nunca antes, en toda mi vida laboral, habían celebrado oficialmente mi cumpleaños en u...

El verdadero lujo es elegir.

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  Lo que para algunos es lujo, para otros es coherencia con su forma de vivir. Celebrar un cumpleaños a bordo de un barco en el Mar Rojo, en   Egipto , sumergirte ese día en la piscina más profunda del mundo en Deep Dive Dubai , brindar primero en Estocolmo y luego continuar en Viena , o perderte entre máscaras en el carnaval de Venecia … ¿es lujo? Depende del cristal con que se mire. Para quien asocia lujo con precio, exclusividad o rareza, sí: son escenarios extraordinarios, destinos que muchos sueñan visitar. Pero para quien mide la vida en experiencias, en intensidad, en memorias que se quedan tatuadas en la piel como la sal después de una inmersión, no es lujo: es prioridad. El verdadero lujo no siempre es el lugar. Es poder elegir. Es tener salud para bucear. Es tener curiosidad para viajar. Es tener amigos con quienes brindar. Es decidir que el tiempo —ese recurso que no vuelve— se invierta en vivir y no solo en acumular. Hay quien gasta en objetos. Ha...

Amaneció invierno.

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Hoy amaneció blanco, muy blanco. Blanco invierno, blanco frío, blanco hermoso. Las copas de los pinos están cubiertas de nieve. El suelo también. Una neblina intensa apenas deja ver a la distancia, pero es indescriptiblemente hermosa. Estoy acostado, dictándole esto a ChatGPT. Dentro de un par de horas —o quizás tres— saldré hacia la ciudad para certificar a los alumnos a quienes la semana pasada impartí cursos de Scuba Skills Update y de Try Scuba, o «Prova på dyk »como le decimos en sueco. Me calzaré las botas de invierno, con pinchos debajo para no resbalar en el hielo oculto bajo esa fina capa de nieve. Me abrigaré lo suficiente. Y pues nada… la vida continúa. Esta vida fría y de calidad que me regala la naturaleza de este hermoso país nórdico en el que vivo hace más de veinte años, camino al veintiuno. Y donde, Dios mediante, dentro de dos días cumpliré 57 años.

El muro

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El autobús devoraba kilómetros y yo sentía cada uno como una vibración en la espalda. Afuera, el calor desértico golpeaba la carrocería metálica y la convertía en una plancha ardiente. El sol no brillaba: pesaba. Yo iba sentado junto a la ventanilla cerrada. Abrirla era impensable. No entraría brisa, sino una bocanada de aire caliente, casi sólido, como si alguien soplara fuego directo a la cara. El interior estaba cargado, sí, pero seguía siendo más soportable que ese infierno exterior. Cada integrante del Conjunto Folclórico Universitario ocupaba un asiento doble. Dos parejas rompían la norma y compartían espacio, piernas entrelazadas, cabezas apoyadas. Yo miraba hacia afuera. Y entonces lo vi. A lo lejos, emergiendo del paisaje como una cicatriz horizontal, apareció el muro. Alto. Gris. Inapelable. Mientras yo agradecía estar adentro del autobús — protegido del calor brutal — pensé en los otros. En los que estaban tras ese muro. En los que, contrario a mí, habrían preferi...

El niñero

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Era una tarde como cualquier otra en Viena , una ciudad que ya se me antojaba casi barrio propio de tantas veces que la había caminado en tan poco tiempo. Un matrimonio amigo, con un bebé adorable y expresión de “yo mando aquí”, tenía que ir a inspeccionar el apartamento al que se mudarían. Pero claro… hay misiones que se cumplen mejor sin cochecito, biberón y llanto en eco. Ahí entro yo: el niñero internacional. Nos quedamos el pequeñín y yo en un Burger King cercano. Él en su sillita, mirándome con esos ojos que combinan inocencia con cálculo estratégico. Yo, confiado, pensando que aquello sería pan comido. Total, ¿qué podía pasar en una ausencia “corta”? Iluso. Al principio todo iba de maravilla. Sonrisas, balbuceos, yo haciéndole caras dignas de casting para payaso retirado. Hasta que noté un cambio sutil en el ambiente… una alteración atmosférica. No fue inmediato. Fue progresivo. Como una sinfonía que empieza en pianissimo y termina en fortissimo… pero versión digestiva....

Fiesta a bordo

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Ya sentado en mi asiento, con el cinturón ajustado y el rumor grave de los motores preparándose para cruzar el Atlántico rumbo a La Habana, descubrí a pocos metros de mí a quien oficialmente se llama Juan de la Cruz Antomarchi Padilla. Ese nombre, así dicho, puede pasar inadvertido. Pero si lo colocamos en el universo musical cubano y pronunciamos su alias artístico, Cotó , la reacción cambia. Entre los que saben —y los que han bailado con su música sin saberlo— el nombre pesa. Como si el destino hubiese querido armar el escenario completo, en el mismo vuelo viajaba también un numeroso grupo de cubanos que regresaban a la isla tras meses de trabajo en esas versiones contemporáneas de servidumbre que el discurso oficial llama “misiones médicas”. Venían con el cansancio tatuado en los ojos, pero también con esa energía contenida que sólo necesita un pretexto para desatarse. Y el pretexto llegó. Apenas alcanzamos altura de crucero, las aeromozas anunciaron, casi con inocencia:...