2. A bordo.
Vida a bordo: el arte de desaparecer bajo el agua
Quizás sea una estrategia inconsciente. Cuando estoy en un vida a bordo, todo en mí se alinea hacia un único propósito: bucear.
Bucear, comer, dormir. Fotografiar y filmar la vida marina. Registrar también pequeños fragmentos de la vida sobre cubierta, esa embarcación que durante una semana se transforma en hogar, mientras el mar se convierte en escenario.
Es una concentración casi absoluta. Un mundo suspendido. Un privilegio que pocos experimentan desde dentro, no como espectadores, sino como participantes y protagonistas.
Mi celebración diaria nace antes, durante y después de cada inmersión. Desde el briefing matutino con el primer café, hasta el momento en que reviso imágenes capturadas mientras el sol cae sobre el horizonte. Cada descenso es un acto de presencia total.
Hay reglas no escritas. Área vedada: el bar. Nada de alcohol. La claridad mental es parte del ritual. Cada detalle importa cuando se desciende a otro mundo.
La experiencia es única e irrepetible. Cuatro vida a bordo en el Mar Rojo, en Egipto. Uno en Maldivas. Cada travesía distinta, pero con la misma intensidad: exigente, emocionante y, en cierto modo, limitante. Porque mientras el océano lo absorbe todo, el resto del país queda fuera del encuadre.
No es una queja. Es un hecho.
Y tal vez por eso algo está cambiando. Me inclino seriamente hacia otro formato: salidas diarias de buceo. Dos inmersiones por la mañana, almuerzo, y luego salir a explorar tierra firme. Expandir la experiencia. No renunciar al azul profundo, pero tampoco a la historia, la cultura y el pulso del lugar que me recibe.
Casi un mes para la próxima aventura.
El mar ya empieza a llamarme.

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