El niñero
Era una tarde como cualquier otra en Viena, una ciudad que ya se me antojaba casi barrio propio de tantas veces que la había caminado en tan poco tiempo. Un matrimonio amigo, con un bebé adorable y expresión de “yo mando aquí”, tenía que ir a inspeccionar el apartamento al que se mudarían. Pero claro… hay misiones que se cumplen mejor sin cochecito, biberón y llanto en eco.
Ahí entro yo: el niñero internacional.
Nos quedamos el pequeñín y yo en un Burger King cercano. Él en su sillita, mirándome con esos ojos que combinan inocencia con cálculo estratégico. Yo, confiado, pensando que aquello sería pan comido. Total, ¿qué podía pasar en una ausencia “corta”?
Iluso.
Al principio todo iba de maravilla. Sonrisas, balbuceos, yo haciéndole caras dignas de casting para payaso retirado. Hasta que noté un cambio sutil en el ambiente… una alteración atmosférica. No fue inmediato. Fue progresivo. Como una sinfonía que empieza en pianissimo y termina en fortissimo… pero versión digestiva.
El pequeño me miró fijo. Yo lo miré a él.
Y sucedió.
Hubo un silencio solemne. Luego, una confirmación olfativa innegable. Aquello no era una sospecha: era un hecho histórico.
Respiré hondo —error táctico— y activé el protocolo “padre veterano”. Porque claro, recordé que no era mi primera vez en un campo de batalla similar. Hace no mucho también había cambiado pañales propios, así que manos a la obra.
El cambiador del baño fue testigo de una escena épica. El niño, feliz como quien acaba de lograr un objetivo cumplido. Yo, desplegando toallitas como si fueran cartas de póker en una partida decisiva. Hubo momentos críticos. Intentos de giro inesperados. Una pequeña amenaza de fuga lateral que fue neutralizada con destreza quirúrgica.
Y el olor… bueno… digamos que si en Viena son famosos por la ópera, aquello fue una versión experimental de aromas intensos en tres actos. Dramático, persistente y con notas que no describiré por respeto al lector.
Finalmente, misión cumplida. Pañal nuevo. Niño impecable. Yo victorioso… aunque ligeramente traumatizado en el sentido nasal.
Al poco rato regresaron los padres. Se mostraron muy apenados cuando, entre risas, les conté lo sucedido. Yo los tranquilicé con la serenidad de quien ha sobrevivido a tormentas mayores:
—No se preocupen… recuerden que yo también soy padre.
Y el pequeñín, desde su sillita, me dedicó una sonrisa cómplice. Como diciendo: “Bienvenido de nuevo al servicio, campeón.”

Comentarios
Publicar un comentario