El hábito de madrugar.




Para mí, levantarme temprano no es un sacrificio. Es costumbre. Es herencia.


Lo hacía de niño, cuando acompañaba a mi padre al campo, donde trabajaba como albañil por cuenta propia. El día comenzaba antes que el sol, y yo aprendí que quien madruga no solo aprovecha el tiempo, sino que le toma ventaja al mundo.


Lo hice también en la universidad. Atletismo a las 07:00. Media ciudad recorrida desde La Víbora hasta El Vedado. La Habana despertando lentamente mientras yo ya iba en movimiento, con la mente enfocada y el cuerpo activándose antes que la mayoría.


Años después, en otro escenario, el hábito seguía intacto.


En una embarcación de vida a bordo, cuando sonaban las campanas para despertar a los demás, yo ya estaba sentado en el restaurante del barco. Café con leche caliente entre las manos. Algunas galletitas. Mirada al horizonte.


Antes de eso, el ritual silencioso: revisar el equipo. Regulador. Chaleco. Orden, precisión. Todo listo.


Luego la espera. Esa impaciencia disimulada que solo entiende quien ama lo que hace. Esperar que llamen al primer briefing del día. Escuchar el plan. Equiparme. Caminar hacia la plataforma.


Y saltar.


El golpe suave del agua. La burbuja inicial. El descenso controlado.


Y entonces…


El mundo silencioso.


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