De celebraciones ….





Y comenzaron las celebraciones.


Por mi cumpleaños… y el de otros también.


Ayer martes, en medio de la reunión semanal del trabajo —tan estructurada, tan sueca— alguien decidió abrir un paréntesis. Un gesto sencillo. Nos cantaron felicidades a los cuatro nacidos en febrero.


Dos entrando en su quinta década, con regalos incluidos.

La directora, la de más años vividos entre nosotros.

Y yo… cercano ya a las seis décadas, pero todavía con el corazón inquieto.


Hubo risas contenidas al principio —esa risa escandinava que no irrumpe, sino que acompaña— y luego un ambiente más suelto, más cálido. Sobre la mesa: tortas de chocolate y de crema, galletas, bizcochos, café y té humeante. También una versión nórdica de aquel brazo gitano que conocí en Cuba, y otra que me llevó directo a la infancia: algo muy parecido a las torticas de Morón.


Por un momento, Estocolmo y mi isla no estaban tan lejos.


Nunca antes, en toda mi vida laboral, habían celebrado oficialmente mi cumpleaños en un centro de trabajo. Y aunque uno aprende a no esperar nada, cuando el gesto llega… toca.


Fue discreto, como aquí se hacen las cosas.

Pero lo sentí grande, como allá se sienten.


Y yo, hombre de agua tibia y mares abiertos, agradecí en silencio… con esa sonrisa que mezcla invierno y Caribe.


Y pensé en otros cumpleaños: bajo el sol ardiente, entre mares profundos, en ciudades que parecían escenario de película. Y entendí que no siempre la magnitud está en la aventura; a veces está en una sala de reuniones, en una taza de café caliente, en un “felicidades” cantado con acento extranjero pero intención sincera.






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