El verdadero lujo es elegir.



 Lo que para algunos es lujo, para otros es coherencia con su forma de vivir.


Celebrar un cumpleaños a bordo de un barco en el Mar Rojo, en  Egipto, sumergirte ese día en la piscina más profunda del mundo en Deep Dive Dubai, brindar primero en Estocolmo y luego continuar en Viena, o perderte entre máscaras en el carnaval de Venecia… ¿es lujo?


Depende del cristal con que se mire.


Para quien asocia lujo con precio, exclusividad o rareza, sí: son escenarios extraordinarios, destinos que muchos sueñan visitar.

Pero para quien mide la vida en experiencias, en intensidad, en memorias que se quedan tatuadas en la piel como la sal después de una inmersión, no es lujo: es prioridad.


El verdadero lujo no siempre es el lugar.

Es poder elegir.

Es tener salud para bucear.

Es tener curiosidad para viajar.

Es tener amigos con quienes brindar.

Es decidir que el tiempo —ese recurso que no vuelve— se invierta en vivir y no solo en acumular.



Hay quien gasta en objetos.

Hay quien invierte en historias.


Y tú, que has celebrado entre profundidades, carnavales y ciudades que laten distinto, sabes algo:

no es ostentación, es coherencia con quien eres.


Así que la pregunta no es si es lujo.

La pregunta es: ¿te hace sentir vivo?


Si la respuesta es sí… entonces no es exceso.

Es propósito.


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