Fiesta a bordo
Ya sentado en mi asiento, con el cinturón ajustado y el rumor grave de los motores preparándose para cruzar el Atlántico rumbo a La Habana, descubrí a pocos metros de mí a quien oficialmente se llama Juan de la Cruz Antomarchi Padilla.
Ese nombre, así dicho, puede pasar inadvertido. Pero si lo colocamos en el universo musical cubano y pronunciamos su alias artístico, Cotó, la reacción cambia. Entre los que saben —y los que han bailado con su música sin saberlo— el nombre pesa.
Como si el destino hubiese querido armar el escenario completo, en el mismo vuelo viajaba también un numeroso grupo de cubanos que regresaban a la isla tras meses de trabajo en esas versiones contemporáneas de servidumbre que el discurso oficial llama “misiones médicas”. Venían con el cansancio tatuado en los ojos, pero también con esa energía contenida que sólo necesita un pretexto para desatarse.
Y el pretexto llegó.
Apenas alcanzamos altura de crucero, las aeromozas anunciaron, casi con inocencia:
—El bar está abierto… barra libre.
Aquello fue la chispa.
Lo que vino después no fue un simple consumo de bebidas; fue una catarsis colectiva. Los cubanos tomaron el pasillo como si fuera el malecón aéreo de la nostalgia. Risas que retumbaban más que las turbinas, historias cruzadas de países lejanos, abrazos entre desconocidos que compartían la misma geografía emocional.
Y entonces apareció el tres.
Cotó, con esa naturalidad de quien no necesita escenario, comenzó a pulsar las cuerdas. El sonido se coló entre los asientos, atravesó bandejas plegables y cinturones ajustados. El avión ya no era un avión: era una peña improvisada a 10 000 metros de altura.
Hubo coros espontáneos. Hubo palmas marcando el tumbao. Hubo complicidad. Hubo esa alegría indomable que ni la distancia ni los contratos pueden domesticar.
Todo marchaba con esa perfección caótica tan nuestra…
hasta que alguien —porque siempre hay alguien— sacó una botella propia. Ron, whisky, quién sabe. Ya no importaba el contenido, sino el gesto.
Entonces apareció la figura gris del orden: el agente de seguridad a bordo.
Con voz firme, sin espacio para negociaciones, ordenó suspender el jolgorio.
Y así, en cuestión de segundos, el carnaval aéreo fue aterrizando antes de tiempo. Las risas bajaron de volumen, el tres calló, las botellas regresaron a su anonimato.
Pero lo que ya había sucedido, nadie podía deshacerlo.
Durante un tramo del Atlántico, en ese avión que volaba hacia La Habana, Cuba no estaba abajo esperando. Cuba estaba allí arriba, cantando. ✈️🎶

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