Viviendo a bordo


 


Antes del descenso



Despierto antes que el resto. No necesito alarma. El mar tiene su propio reloj.


Salgo a cubierta. El aire huele a sal y a metal húmedo. El cielo apenas empieza a aclarar y el motor, en ralentí, vibra como un corazón constante bajo mis pies descalzos. Me sirvo café. Lo sostengo caliente entre las manos mientras miro el horizonte. Ese instante, suspendido entre la noche y el día, ya es parte de la inmersión.


En un vida a bordo desaparezco del mundo conocido. Mi rutina se reduce a lo esencial: bucear, comer, dormir. Fotografiar la vida marina. Revisar imágenes. Volver a bajar. La embarcación se convierte en mi casa; el mar, en mi escenario. Y yo, en un invitado privilegiado que tiene permiso de entrar y salir de otro universo.


Hay algo casi sagrado en esa concentración total. No hay distracciones. El bar es territorio prohibido. Nada de alcohol. La mente clara, el cuerpo listo. Cada descenso exige presencia absoluta.


He vivido esta intensidad cuatro veces en el Mar Rojo, en Egipto, y una en Maldivas. Cada experiencia distinta, pero con la misma sensación: exigente, emocionante, absorbente. Tan absorbente que el resto del país queda fuera de cuadro, como si existiera en otra dimensión paralela.


No me quejo. Es un hecho.


Pero algo en mí empieza a inclinarse hacia otra forma de vivir el azul. Imagino dos inmersiones intensas por la mañana. Luego almorzar sin prisa. Cambiar el neopreno por ropa ligera. Salir a caminar, a oler la tierra, a escuchar otro idioma, a descubrir mercados, calles, miradas.


No abandonar el mar. Solo expandir la experiencia.


Casi un mes para la próxima aventura.

Y ya siento el ritual acercándose: el sonido del regulador al primer respiro, la luz filtrándose desde la superficie, el silencio profundo que solo conocen quienes han descendido lo suficiente.


Ahí abajo, todo cobra sentido.


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