El muro
El autobús devoraba kilómetros y yo sentía cada uno como una vibración en la espalda. Afuera, el calor desértico golpeaba la carrocería metálica y la convertía en una plancha ardiente. El sol no brillaba: pesaba.
Yo iba sentado junto a la ventanilla cerrada. Abrirla era impensable. No entraría brisa, sino una bocanada de aire caliente, casi sólido, como si alguien soplara fuego directo a la cara. El interior estaba cargado, sí, pero seguía siendo más soportable que ese infierno exterior.
Cada integrante del Conjunto Folclórico Universitario ocupaba un asiento doble. Dos parejas rompían la norma y compartían espacio, piernas entrelazadas, cabezas apoyadas. Yo miraba hacia afuera.
Y entonces lo vi.
A lo lejos, emergiendo del paisaje como una cicatriz horizontal, apareció el muro. Alto. Gris. Inapelable.
Mientras yo agradecía estar adentro del autobús — protegido del calor brutal — pensé en los otros. En los que estaban tras ese muro. En los que, contrario a mí, habrían preferido estar afuera, bajo el sol despiadado, respirando polvo y libertad, aunque fuera una libertad ardiente.
Yo estaba encerrado por decisión propia en un vehículo que avanzaba. Ellos estaban encerrados por sentencia, en un lugar donde el tiempo no avanza, solo se cumple.
El contraste me atravesó.
El aire dentro del autobús era pesado, pero tenía destino. El aire detrás de aquel muro debía ser más liviano al atardecer… y aun así no significaba nada.
Sentí un escalofrío extraño, absurdo bajo aquel calor sofocante.
Porque comprendí que no todos los “adentro” son iguales.
Y que no todos los “afuera” son libertad.
Aquel muro pertenecía a un establecimiento penitenciario en México.
Y mientras el autobús seguía avanzando, yo no pude dejar de mirarlo hasta que desapareció en el retrovisor de mi memoria.

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