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Mostrando entradas de mayo, 2025

Fin de curso

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Desde el preescolar hasta el quinto año de la Licenciatura en Derecho, cada fin de curso me provocaba la misma sensación de vacío. Los pasillos, las aulas, los patios centrales… Todo quedaba en silencio, sin alumnos, sin el sonido alegre de mis compañeros de aula, de grado, de grupo, de escuela, de facultad, de universidad. Era una sensación rara, extraña. Una mezcla de nostalgia, soledad y pausa. Hoy, más de treinta años después de aquel último curso escolar —cuando en julio de 1991 recibí mi diploma de egresado de la universidad—, vuelve a mí aquella misma sensación. Vällingby Sim och Idrottshall, mi actual centro de trabajo, cerrará sus puertas por reparaciones que tomarán alrededor de tres años. Mis compañeros de trabajo ya han sido trasladados al otro complejo deportivo que atendemos… Y aquí, solo quedan unos pocos clientes, y un silencio que me resulta demasiado familiar. Es como si el tiempo se hubiese plegado sobre sí mismo. Como si aquellos pasillos vacíos de...

Nostalgia de mayo

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Es mayo. Casi a finales. Veintiocho días han pasado desde que empezó. Sí, ha llovido. Pero no como yo recuerdo. Aquí, en esta parte del universo donde vivo desde hace dos décadas, la lluvia llega tímida, indecisa. Son apenas lloviznitas sin carácter, sin contundencia. Gotas que no se atreven a ser aguacero. ¿Dónde están los verdaderos aguaceros de mayo? ¿Aquellos que llegaban sin pedir permiso? ¿Salir descalzo, sin camisa, a recibir la primera lluvia como quien recibe una bendición? ¿Empaparse de pies a cabeza, sin prisa, sin miedo? ¿Chapotear en los charcos como niño sin edad, con el alma abierta? ¿Escuchar la sinfonía de la lluvia golpeando tejados, ventanas, coches, paraguas, la ciudad entera? Aquí no. Aquí la lluvia se excusa. Pide permiso. Y no deja huella. Siento una nostalgia que no es del agua en sí, sino de todo lo que venía con ella: el ritual, el juego, la creencia de que esa primera lluvia limpiaba, renovaba, protegía. Allá, en mi isla, el primer agu...

El estilo intransferible de Jesús

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Mi primo Jesús —que en realidad no era primo, sino el hijo de mi padrino— tenía una costumbre extraña, o mejor dicho, singular. Decía que no podía, bajo ninguna circunstancia, compartir atuendo con otro ser humano. No se trataba de marcas, ni de modas, ni de elegancia. Era algo más profundo, una especie de código de honor  En la Cuba de aquellos años, donde las tiendas eran pocas, surtidas con la misma ropa para todo el mundo, y la creatividad vestía con lo que apareciera, esta manía suya era casi una batalla perdida. Pero Jesús la libraba con una dignidad admirable. A falta de exclusividad, cultivó el ojo del halcón: bastaba que cruzara la puerta de una fiesta y divisara, entre la multitud, un pantalón igual al suyo, o una camisa con el mismo patrón de cuadros, para que se le secara la sonrisa. —¿Y ese de la esquina? —decía bajito, como si lo hubieran traicionado—. ¿Tú estás viendo? Y acto seguido, sin saludar a nadie más, sin tomar ni un refresco, se marchaba con el paso fi...

El último y el primero.

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«El hombre de la casa es el último que se acuesta y el primero que se levanta»,  me dijo mi madre con tono serio y aleccionador. Yo, pese a ser la figura masculina, era solo un adolescente que en aquel momento no captó del todo el alcance, la repercusión ni la responsabilidad de aquella afirmación. Como tantas otras de sus frases, consejos y sugerencias, esta me ha acompañado a lo largo de la vida, sirviéndome de guía y construyendo una sólida base de principios y forma de actuar.

La tinaja

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¿Qué habrá sido de aquella tinaja? La recuerdo con precisión nostálgica: barro torneado, color tierra húmeda, reposando en una esquina del balcón de casa de mi madre, en La Víbora de mi infanto-adolescencia-adultez. Era original de Camagüey —se notaba en sus curvas honestas, en su humildad sabia—, y tenía el don de conservar el agua fresca, sin importar el sol inclemente o el viento seco de las tardes. Nunca supe exactamente quién la trajo a casa. ¿Mi padre? Probablemente. Esas cosas sencillas y útiles solían aparecer como parte del paisaje doméstico, sin aspavientos, sin ceremonia. Durante los frecuentes cortes de agua —tan normales como la luz intermitente o el pan racionado—, aquella tinaja era más que un depósito. Era promesa, era reserva, era garantía. Pero para mí era, además, un pequeño refugio. Me sentaba sobre su borde ancho, fresco, y desde allí contemplaba el mundo. El vecindario, los rostros que pasaban…. En ese rincón, sobre barro cocido, aprendí a callar. A obser...

A bordo.

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  La lanchita de Regla Un trasbordador de pasajeros entre La Habana Vieja y el municipio de Regla. Cuando iba con mi madre al Santuario de la Virgen de Regla, este paseo concentraba en sí todo el protagonismo del día. El acto de fe quedaba relegado, primero por mi corta edad y, segundo, por el sabor a aventura que tenía el simple hecho de abordar una embarcación y cruzar la Bahía de La Habana. Era una mañana de domingo. El sol calentaba la vida en mi ciudad natal… Gaviotas revoloteaban desordenadas cerca del atracadero. Los potenciales pasajeros iban llegando poco a poco, en silencio o entre murmullos. El aire estaba impregnado de los más disímiles olores: salitre, sudor, frituras, gasolina, tabaco… Y sonidos: pasos, voces, chillidos de aves, silbidos de viento, motores en la distancia. Todo eso —a mis ojos de niño— era una mezcla mágica. Estaba a punto de empezar un viaje breve, pero para mí, enorme. Mi madre me tomaba de la mano con firmeza, pero sin apuro. Caminábam...