Nostalgia de mayo
Es mayo. Casi a finales.
Veintiocho días han pasado desde que empezó.
Sí, ha llovido.
Pero no como yo recuerdo.
Aquí, en esta parte del universo donde vivo desde hace dos décadas, la lluvia llega tímida, indecisa.
Son apenas lloviznitas sin carácter, sin contundencia.
Gotas que no se atreven a ser aguacero.
¿Dónde están los verdaderos aguaceros de mayo?
¿Aquellos que llegaban sin pedir permiso?
¿Salir descalzo, sin camisa, a recibir la primera lluvia como quien recibe una bendición?
¿Empaparse de pies a cabeza, sin prisa, sin miedo?
¿Chapotear en los charcos como niño sin edad, con el alma abierta?
¿Escuchar la sinfonía de la lluvia golpeando tejados, ventanas, coches, paraguas, la ciudad entera?
Aquí no.
Aquí la lluvia se excusa.
Pide permiso.
Y no deja huella.
Siento una nostalgia que no es del agua en sí, sino de todo lo que venía con ella:
el ritual, el juego, la creencia de que esa primera lluvia limpiaba, renovaba, protegía.
Allá, en mi isla, el primer aguacero de mayo era un lujo natural.
Y yo no lo sabía.
Hoy lo sé.
Porque su ausencia pesa.
Porque lo espero, y no llega.
Y porque en este rincón del norte, donde el cielo se piensa las cosas demasiado,
descubro que hasta la lluvia tiene raíces.






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