A bordo.


 La lanchita de Regla


Un trasbordador de pasajeros entre La Habana Vieja y el municipio de Regla.

Cuando iba con mi madre al Santuario de la Virgen de Regla, este paseo concentraba en sí todo el protagonismo del día.

El acto de fe quedaba relegado, primero por mi corta edad y, segundo, por el sabor a aventura que tenía el simple hecho de abordar una embarcación y cruzar la Bahía de La Habana.


Era una mañana de domingo. El sol calentaba la vida en mi ciudad natal…

Gaviotas revoloteaban desordenadas cerca del atracadero.

Los potenciales pasajeros iban llegando poco a poco, en silencio o entre murmullos.

El aire estaba impregnado de los más disímiles olores: salitre, sudor, frituras, gasolina, tabaco…

Y sonidos: pasos, voces, chillidos de aves, silbidos de viento, motores en la distancia.


Todo eso —a mis ojos de niño— era una mezcla mágica.

Estaba a punto de empezar un viaje breve, pero para mí, enorme.

Mi madre me tomaba de la mano con firmeza, pero sin apuro. Caminábamos entre la gente hasta llegar al borde del muelle, donde la baranda crujía con el peso del tiempo y la humedad.

La lanchita aún no había llegado, pero yo ya la escuchaba: ese ronroneo metálico que se volvía más fuerte a medida que se acercaba desde el otro lado de la bahía.


—¡Ahí viene! —gritaba algún niño. Yo también me estiraba sobre la punta de los pies, intentando verla entre cabezas y sombreros.


Cuando por fin la silueta de la embarcación aparecía, pequeña y panzuda, con su estructura de metal pintada de blanco sucio y detalles azules, todo se ponía en movimiento. La fila se ordenaba, el cobrador salía a recibirnos, y el sol rebotaba en el agua como si jugara.


Subir a la lanchita era entrar en otro mundo: bancos de hierro gastado, ventanas abiertas que dejaban entrar el viento con olor a mar y motor, y un leve vaivén que me hacía sonreír sin razón.

Mi madre me sentaba junto a ella y me advertía, como siempre:


—No te pares. No saques el brazo. No te acerques a la puerta.


Pero mi mirada iba lejos, al horizonte, donde barcos más grandes esperaban como casas flotantes, inmóviles. Imaginaba qué habría dentro de ellos. Pensaba en los marineros, en mapas, en islas lejanas.


El trayecto era corto, pero suficiente para soñar.


A veces algún pasajero cruzaba el silencio con una historia.

Otras, se oía apenas el sonido del agua contra el casco y el graznido de una gaviota solitaria.

Yo me dejaba llevar por la vibración del motor, como si fuera el latido de una criatura viva.


Cuando atracábamos en Regla, había que bajarse rápido, entre empujones suaves y despedidas breves.

Entonces, comenzaba la caminata hacia el santuario.

Ya no me parecía tan importante.

Lo mejor del día, para mí, ya había pasado.


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