Fin de curso
Desde el preescolar hasta el quinto año de la Licenciatura en Derecho, cada fin de curso me provocaba la misma sensación de vacío.
Los pasillos, las aulas, los patios centrales…
Todo quedaba en silencio, sin alumnos, sin el sonido alegre de mis compañeros de aula, de grado, de grupo, de escuela, de facultad, de universidad.
Era una sensación rara, extraña. Una mezcla de nostalgia, soledad y pausa.
Hoy, más de treinta años después de aquel último curso escolar —cuando en julio de 1991 recibí mi diploma de egresado de la universidad—, vuelve a mí aquella misma sensación.
Vällingby Sim och Idrottshall, mi actual centro de trabajo, cerrará sus puertas por reparaciones que tomarán alrededor de tres años.
Mis compañeros de trabajo ya han sido trasladados al otro complejo deportivo que atendemos…
Y aquí, solo quedan unos pocos clientes, y un silencio que me resulta demasiado familiar.
Es como si el tiempo se hubiese plegado sobre sí mismo. Como si aquellos pasillos vacíos de mi infancia y juventud regresaran a saludarme.





Comentarios
Publicar un comentario