La tinaja
¿Qué habrá sido de aquella tinaja?
La recuerdo con precisión nostálgica: barro torneado, color tierra húmeda, reposando en una esquina del balcón de casa de mi madre, en La Víbora de mi infanto-adolescencia-adultez.
Era original de Camagüey —se notaba en sus curvas honestas, en su humildad sabia—, y tenía el don de conservar el agua fresca, sin importar el sol inclemente o el viento seco de las tardes. Nunca supe exactamente quién la trajo a casa. ¿Mi padre? Probablemente. Esas cosas sencillas y útiles solían aparecer como parte del paisaje doméstico, sin aspavientos, sin ceremonia.
Durante los frecuentes cortes de agua —tan normales como la luz intermitente o el pan racionado—, aquella tinaja era más que un depósito. Era promesa, era reserva, era garantía. Pero para mí era, además, un pequeño refugio.
Me sentaba sobre su borde ancho, fresco, y desde allí contemplaba el mundo. El vecindario, los rostros que pasaban….
En ese rincón, sobre barro cocido, aprendí a callar. A observar. A dejar que el pensamiento se escurriera como el agua, lento, hondo, inevitable.
Fuiste más que objeto, tinaja. Fuiste como una amiga silenciosa, que guardaba secretos y refrescaba el alma sin pedir nada.
¿Dónde estarás ahora? ¿Te rompiste en alguna mudanza? ¿Fuiste olvido, vasija rota, barro devuelto al polvo?
Quiero creer que alguien te sigue usando. Que aún das sombra líquida a algún hogar y sirves de asiento a un nuevo contemplador del mundo.
O, si ya no existes, que tu espíritu de barro y agua aún vive en algún rincón de mi memoria.



Comentarios
Publicar un comentario