El estilo intransferible de Jesús
Mi primo Jesús —que en realidad no era primo, sino el hijo de mi padrino— tenía una costumbre extraña, o mejor dicho, singular. Decía que no podía, bajo ninguna circunstancia, compartir atuendo con otro ser humano. No se trataba de marcas, ni de modas, ni de elegancia. Era algo más profundo, una especie de código de honor
En la Cuba de aquellos años, donde las tiendas eran pocas, surtidas con la misma ropa para todo el mundo, y la creatividad vestía con lo que apareciera, esta manía suya era casi una batalla perdida. Pero Jesús la libraba con una dignidad admirable. A falta de exclusividad, cultivó el ojo del halcón: bastaba que cruzara la puerta de una fiesta y divisara, entre la multitud, un pantalón igual al suyo, o una camisa con el mismo patrón de cuadros, para que se le secara la sonrisa.
—¿Y ese de la esquina? —decía bajito, como si lo hubieran traicionado—. ¿Tú estás viendo?
Y acto seguido, sin saludar a nadie más, sin tomar ni un refresco, se marchaba con el paso firme del que defiende una causa. Si la fiesta quedaba cerca de su casa, regresaba al rato con una ropa distinta, como un actor en segundo acto. A veces, incluso más llamativa, como para dejar claro que no se repetía, ni por fuera ni por dentro.
—Jesús, pero si ya te habías ido… —le decía alguien.
—Ese no era yo. Era otro. El que se fue vestía igual que aquel descarado —respondía con seriedad, apuntando con el mentón al pobre infeliz, que ni se había enterado de la ofensa estética cometida.







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