Natilla

 




Me senté en una mesa de esquina del pequeño restaurante de kebab, todavía con el olor de la carne asada flotando en el aire. Era tarde, la clientela se había reducido a murmullos sueltos y vasos medio vacíos. Estaba cansado, no de ese cansancio físico, sino de ese otro que se instala detrás de los ojos, cuando uno lleva demasiado tiempo lejos de casa sin decirlo en voz alta.


Mientras apuraba el último trago de agua con gas, el camarero —un tipo joven, delgado, con acento árabe y una sonrisa que parecía saber más de lo que decía— se me acercó con un cuenco pequeño en la mano.


—Para ti —me dijo—. Es de la casa.


Era una natilla. No una cualquiera. Esa superficie brillante con un leve espolvoreo de canela encima… fue como si alguien hubiera encontrado la llave de un cuarto cerrado en mi memoria. Le di las gracias con un gesto, y apenas la cuchara tocó mis labios, todo cambió.


El restaurante desapareció.


Estaba en casa de mi abuela, en La Habana, con el sol cayendo naranja detrás de las tejas de los edificios bajos. El calor húmedo me pegaba la camiseta al cuerpo, y el aire olía a tierra mojada, a aceite usado, a vida. 

Mi madre traía la natilla en vasitos de cristal reciclados, aún tibia, recién hecha. No era una receta fina, pero sí honesta. Le ponía menos azúcar que lo normal porque decía que la vida ya venía lo bastante empalagosa sola. Pero tenía ese toque de cáscara de limón, y la textura exacta: ni líquida ni sólida, como un abrazo que no termina.


De niño, me la comía despacio, lamiendo la cuchara para no desperdiciar nada. Sentado en el piso, con las piernas cruzadas, mirando los zancudos pasar bajo la luz amarilla. A veces se oía un bolero en una radio vieja de algún vecino. Otras veces, solo el sonido del motor de un almendrón que pasaba con el escape roto. Todo eso estaba metido dentro de esa natilla, y yo no lo supe hasta ahora.


Volví a abrir los ojos. El camarero ya se había ido. Afuera, el tráfico seguía, indiferente. Pero algo en mí había cambiado. Un postre regalado, en un restaurante anónimo de una ciudad sin mar, me había devuelto por unos minutos a esa Cuba que cargo entera dentro del pecho, aunque no la nombre casi nunca.


Y entendí, cucharada a cucharada, que a veces lo que más nos pertenece aparece sin avisar.


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