Manteca
Recuerdo la manteca…
Acompañaba a mi madre a «buscar los mandados»… (tema para otro blog).
Ese era uno de los momentos fascinantes —aunque no el único— de ir con ella a la bodega.
El bodeguero: camiseta sudada, cadena de oro colgando del cuello, con una medalla de la Virgen de la Caridad del Cobre, la patrona de Cuba, sobre el pecho; un mocho de lápiz detrás de la oreja y la habilidad de quien ha repetido la misma operación cientos, miles de veces…
Se disponía a servirnos nuestra cuota de manteca.
Un barril de madera —¿cedro, majagua?— servía de recipiente general. Lo destapaba y allí estaba: blanca, grasienta, olorosa.
Él hundía el cucharón con destreza y nos servía la cuota (¿cuánto exactamente?) en el recipiente metálico que mi madre llevaba.
Comprobaba el peso. Mi madre confiaba en él (no creo que debiera haberlo hecho).
El mecanismo de la pesa era incomprensible para mí, pero igual de fascinante.
Luego seguían las otras fases del ritual: adquirir los productos racionados por la libreta.
La Habana, Cuba. Años 70.





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