Varias veces…. 27


 Hay fechas que pasan discretas por el calendario… y hay otras que parecen tener vida propia. El 27 de febrero es la mía. Mi día. Mi pequeño misterio repetido.


Desde hace años me persigue una sensación curiosa: no estoy solo en esta fecha. Conozco personalmente a cuatro personas que nacieron exactamente el mismo día, el mismo mes y el mismo año que yo. Como si el universo hubiese decidido hacer varias copias de nosotros y repartirlas por el mapa.


Uno es coterráneo mío, con ese tumbao que se reconoce aunque no se diga. La otra nació en Rusia, con ese contraste fascinante entre el Caribe que yo llevo en la sangre y el frío elegante de su tierra. El tercero es sueco, sereno, nórdico, como si el 27 de febrero hubiera decidido probar todas las latitudes posibles.  Y la cuarta es finese, practicacnte de artes marciales y entusistas de las clases de Zumba. A veces me pregunto qué estaba pasando en el mundo ese día para que saliéramos al escenario tantos protagonistas dispersos.


Pero las coincidencias no terminan ahí.


En Cuba tenía una vecina que nació también un 27 de febrero, exactamente diez años antes que yo. Cuando lo descubrimos, aquello se convirtió en tradición. Cada año competíamos a ver quién felicitaba primero al otro. Era una carrera silenciosa contra el reloj. Yo esperaba despierto hasta las doce, con el teléfono en la mano, listo para lanzar mi “¡Felicidades!” antes de que ella se me adelantara. Y cuando ella ganaba, lo hacía con una risa triunfal que todavía puedo escuchar.


Tiempo después, trabajando como modelo en Cuba, el 27 volvió a guiñarme un ojo. Una de las chicas del equipo también había nacido ese mismo día… pero diez años después que yo. Aquello me hizo sentir como el punto medio de una pequeña línea del tiempo: diez años antes, diez años después, todos unidos por la misma fecha. Me parecía poético, casi cinematográfico.


A veces pienso que el 27 de febrero tiene algo especial, algo que conecta historias, países y generaciones. Que no es solo mi cumpleaños, sino una especie de contraseña invisible que me permite reconocer a ciertas personas en medio del mundo.


Y cada vez que conozco a alguien nuevo, no puedo evitar preguntar —casi en broma, casi en serio—:


—Oye… ¿y tú no habrás nacido un 27 de febrero también?


Porque a estas alturas, ya no me sorprendería.


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