El pasa pena




En mis tiempos de Barcelona, las conversaciones con amigos —también emigrados, también cubanos— siempre terminaban en lo mismo: papeles, permisos… y pasaportes.


Había risas, exageraciones, historias repetidas mil veces. Y en medio de todo eso, alguien soltaba la frase:


—Asere, el pasaporte cubano no es un pasaporte… es un «pasa pena».


Y claro, uno se reía.  

Porque reírse era más fácil que ponerse a explicar.


Yo asentía, convencido de entender perfectamente a qué se referían: las colas eternas en inmigración, la fila especial —esa donde uno se encuentra con “los suyos”—, las miradas rápidas de los funcionarios, como quien revisa algo que requiere un poquito más de atención que el resto.


Sí, sí… el «pasa pena».  

Todo claro.


O eso pensaba.


Hasta que un día, en la puerta de embarque de un aeropuerto en Italia…


Estaba listo para abordar. Como a todos, me pidieron la tarjeta de embarque y el pasaporte.


El documento cubano tenía una banda de lectura para verificar su autenticidad.  

La funcionaria lo pasó por el escáner.


Nada.


Lo volvió a pasar.


Nada.


Una tercera vez.


Nada.


No era una cuestión de autenticidad. Era otra cosa.


Pasaron unos segundos que se hicieron largos. Llegó otro empleado. Tomó el pasaporte, lo miró por fuera, y sin mirarme a mí, le susurró algo al oído a la funcionaria mientras señalaba con el dedo la procedencia del documento.


Ahí entendí.


Era un «pasa pena».


No por la fila.  

No por la espera.


Por ese instante en que dejas de ser persona y te conviertes en problema.


Me devolvieron los documentos.  

Los tomé.


Y caminé hacia la aeronave.






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