Chea












Chea, era una abuelita dulce, encantadora, todo amor y ternura, sabia, cubana, mulata y amiga de mi madre.

 Llegar a su apartamento en el pasillo que estaba al lado de la pescadería era como subir en mi status entre los adultos. 

Mi estancia alli casi siempre era breve y en alguna que otra ocasión era para verificar algo relacionado con alguna prenda de vestir que ela me estaba arreglando o adaptando.

 De pelo canoso, piel canela, arrugada por la vida, los años y las experiencias.

 de ella tengo un libro de recetas y secretos de cocina, de nombre " La guía del buen comer " de una marquesa de la Forrada, creo, edición de 1937.

Chea, con sus manos sabias, no solo arreglaba ropa… arreglaba presencias. 

Ajustaba telas como quien entiende el cuerpo y también la vida. Cada puntada llevaba paciencia, y algo más difícil de nombrar: cariño sin prisa.

Uno llegaba con cualquier excusa —una basta, un botón, una manga— pero en realidad era por ella. Por esa forma de hablar bajito, de mirar con ternura, de tratarte como si ya fueras parte del mundo de los grandes.

Y ese momento breve… porque casi siempre era breve… tenía un peso especial. No hacía falta quedarse mucho. Bastaba verla, escucharla decir algo sencillo, tal vez una recomendación, una historia corta, o ese “déjamelo, yo te lo arreglo”.

Y lo arreglaba.

No solo la prenda.

Años después, ese libro —“La guía del buen comer”, de aquella marquesa medio olvidada— se convierte en otra forma de su presencia. No es solo un recetario. Es una herencia silenciosa. Entre sus páginas seguro viven anotaciones invisibles: cómo sofría ella, cuánto tiempo dejaba reposar algo, qué ingrediente sustituía cuando no había.

Ese tipo de saber no viene en tinta.

Viene en memoria.

Y ahora Chea sigue ahí, no en el pasillo junto a la pescadería, sino en ese lugar más difícil de explicar… donde viven las personas que nos hicieron sentir importantes antes de que supiéramos por qué.


 

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