Se me quedó grabado ese instante.
En la pantalla del asiento delantero no había solo una imagen… era casi una aparición. La isla de mi infancia suspendida en tres dimensiones, flotando como un recuerdo que alguien decidió proyectar justo frente a mí. No sé si era un mapa, una animación turística o simplemente una coincidencia absurda… pero yo no veía gráficos: veía calles, salitre, voces, calor. Me veía a mí.
Y entonces entendí algo.
No era el destino lo que me estaba moviendo.
Era el origen.
El avión seguía su curso, indiferente, rumbo a Cancún. Un lugar que en mi memoria existía apenas como destellos borrosos: un aeropuerto más pequeño, otro ritmo, otra época… otra versión de mí. Más de veinte años después, regresaba, pero no como aquel joven que miraba el mundo con hambre de descubrirlo todo… sino como alguien que ya ha vivido lo suficiente para reconocer lo que de verdad importa.
Ahora llegaba como turista.
Qué palabra tan curiosa.
Turista… en una región que, de alguna manera, también me pertenece por historia, por clima, por cultura, por sangre caribeña. Turista, pero con memoria. Turista, pero con raíces que se activan con el color del agua y el olor del aire.
El aterrizaje fue suave, casi respetuoso.
El aeropuerto ya no era aquel de mis recuerdos. Más grande, más organizado, más… mundo. Caminé entre pasajeros, idiomas, maletas rodando, pantallas luminosas… pero yo iba en silencio por dentro, todavía atrapado en esa imagen inicial, en esa isla que apareció sin aviso en mitad del vuelo.
Como si me hubiese dado permiso.
Como si me hubiese dicho: “puedes irte lejos… pero esto siempre viaja contigo.”
Luego vino el movimiento.
El calor envolviéndome al salir.
El idioma mezclándose con acentos distintos.
La sensación inmediata de Caribe, aunque no fuera exactamente el mío.
Y entonces, el autobús.
Ese trayecto entre el aeropuerto de Cancún y la terminal de trasbordadores de Playa del Carmen no fue un simple traslado… fue una transición. Como si poco a poco me fueran quitando capas: Europa, invierno, rutina… hasta dejarme otra vez en un territorio más cercano a quien soy.
Miraba por la ventana.
Vegetación densa.
Cielo abierto.
Luz distinta.
Y dentro de mí, una calma que no se compra ni se planifica.
Porque en ese viaje no solo estaba cambiando de país.
Estaba regresando, de alguna manera, a una parte de mí que nunca se fue.
Y todo comenzó…
con una pantalla cualquiera,
en el respaldo de un asiento cualquiera,
mostrándome la isla que me enseñó a ser quien soy.
Comentarios
Publicar un comentario