En el Malecón
El malecón de Cozumel con sus esculturas terminó de cerrar el círculo.
La de la pareja de bailarines, congelados en un movimiento que parece seguir sonando aunque no haya música, me remitió inevitablemente a los carnavales. A esa alegría organizada, a ese desorden con ritmo que tanto conocemos en las islas.
Pero fue otra la que me detuvo de verdad.
La de los buzos.
Imponente.
Enorme.
Hermosa.
No fue solo la escala ni la estética. Fue lo que representa.
Ese descenso. Ese silencio. Ese mundo paralelo que existe justo debajo de la superficie.
Desde ese momento se convirtió en mi escultura favorita.
Quizás porque no es solo una escultura.
Es una declaración.
Para alguien como yo, que ha hecho del mar no solo un destino sino una práctica, una búsqueda… esa figura no está quieta: está en movimiento. Está respirando de otra manera. Está suspendida en ese espacio donde el tiempo cambia y el cuerpo aprende otro lenguaje.
Y ahí, frente a ella, entendí algo más.
Las islas no solo se viven en la superficie.
También se sienten hacia abajo.
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