Selecto grupo.
Hay un momento… justo antes de entrar al agua… en el que todo parece normal.
Personas caminando, teléfonos sonando, conversaciones cruzadas… el mundo arriba funcionando con su lógica habitual.
Pero yo sé algo que muchos de ellos no saben.
Yo sé que en unos minutos voy a desaparecer.
No en el sentido dramático… sino en el más profundo.
Voy a salir de ese mundo ruidoso y entrar en otro donde el tiempo se dilata, el sonido se vuelve íntimo y la vida adopta formas que parecen sacadas de un sueño antiguo.
Y entonces salto.
El primer contacto con el agua siempre es una especie de bautismo.
La superficie se rompe… y con ella, también se rompe la frontera entre dos realidades.
Arriba queda el 99%.
Abajo… estamos nosotros.
Ese pequeño grupo —minúsculo en términos globales— que no solo mira el océano desde la orilla, sino que lo habita, lo recorre, lo respira a su manera.
Desciendo.
Las burbujas suben como si fueran pensamientos que abandono… uno a uno.
La gravedad deja de tener sentido y mi cuerpo encuentra un equilibrio que no existe en tierra firme.
Aquí no camino… floto.
Aquí no escucho… siento.
Y es en ese silencio donde comprendo realmente el privilegio.
No es el equipo.
No es la certificación.
No son las horas de entrenamiento.
Es el acceso.
Acceso a un mundo que no se ofrece fácilmente.
Un mundo que exige respeto, preparación, paciencia… y que, aun así, nunca se entrega por completo.
Recuerdo la primera vez que una tortuga se me acercó sin miedo.
La miré… y en su mirada no había sorpresa.
Era yo el visitante.
Yo el extraño.
Yo el privilegiado.
Y más allá… en el azul profundo, cuando no hay referencia, cuando eres solo una silueta suspendida en la inmensidad… ahí es donde todo cobra sentido.
Porque no se trata de conquistar el océano.
Se trata de ser aceptado por él, aunque sea por unos minutos.
Y eso… eso no lo vive casi nadie.
Menos del uno por ciento de la población mundial sabe lo que es respirar bajo el agua y sentirse en paz.
Menos del uno por ciento ha sentido ese silencio que no es vacío, sino plenitud.
Yo soy uno de ellos.
Y cada vez que salgo a la superficie, con el regulador aún en la boca y el corazón tranquilo, lo tengo claro:
No es solo bucear.
Es pertenecer, aunque sea por instantes, a otro mundo.
Comentarios
Publicar un comentario