Atardecer por la mañana

 





Migajas…..

... en forma de unos cuantos segundos de un video clip que como menos duraba entre cuatro o cinco minutos.
Era el video de despedida de un programa tele llamado « Revista de la mañana » conducido por Marianita Morejón.
A los melómanos y/o amantes de la música en inglés, casi siempre de factura estadounidense nos tendieron la trampa televisiva de no saber cuándo pasarían el fragmento del video de turno.
Y cuando más emocionado uno estaba…..aparecían los créditos que malograban toda la información visual.
Así y todo la migaja hacía crecer mucho más el interés por la música  y el idioma.
El video que más recuerdo era el de Herp Albert « Rise »….
Esa mezcla del sonido de su trompeta y las imágenes de un atardecer en la playa….


Aquel instante se repetía como un pequeño ritual, casi una ceremonia secreta entre la pantalla y uno. El reloj avanzaba lento durante todo el programa, pero en esos últimos minutos parecía correr… como si supiera que estaba a punto de escaparse algo importante.


La presentadora sonreía, decía sus últimas palabras, y uno —sin moverse, sin parpadear casi— esperaba el milagro: que esa vez sí dejaran correr el video completo. Pero no… nunca pasaba. Apenas unos segundos, una ráfaga, una migaja luminosa.


Era como si el mundo se abriera por una rendija: el cielo anaranjado, el mar en calma, la silueta lejana caminando sobre la arena… y esa melodía suave, elegante, casi hipnótica. No hacía falta entender inglés para sentir que aquello venía de otro lugar, de otra vida posible.


Pero justo cuando uno empezaba a entrar en ese universo…


los créditos.


Siempre los créditos.


Subían sin piedad, como una cortina que se cierra antes del acto final. Nombres, letras, música del programa que aplastaba la canción que uno quería seguir escuchando. Y ahí quedaba todo: interrumpido, incompleto… pero vivo.


Porque esas migajas, lejos de saciar, despertaban hambre.


Días enteros uno se quedaba con esa melodía dando vueltas en la cabeza, tratando de reconstruirla. Tarareándola mal, inventando partes, imaginando el resto del video: ¿habría más escenas en la playa?, ¿aparecería alguien más?, ¿cambiaría el ritmo?


Era una búsqueda sin mapas. Sin internet, sin Shazam, sin forma fácil de volver atrás. Solo la memoria, la intuición… y la esperanza de que, algún día, el programa repitiera ese fragmento.


Y quizás por eso, cuando años después uno finalmente encontraba la canción completa —en una cinta, en la radio, mucho más tarde en algún rincón digital— ya no era solo música.


Era el eco de una espera.


Era la emoción contenida de aquel niño o adolescente frente al televisor, aprendiendo sin saberlo que el deseo también se construye con lo incompleto… que a veces una obra no se recuerda por lo que muestra, sino por lo que promete.


Y que, en el fondo, aquellas migajas terminaron siendo un banquete.



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