El pepino indigesta
Cuando era niño, en nuestra casa en La Habana, la cocina era el reino de mi madre. Un espacio pequeño, con sus ollas gastadas y el aroma de los guisos que parecían abrazarnos. Yo solía verla moverse con esa mezcla de precisión y cariño, como si cada plato fuera un acto de amor.
El pepino era uno de esos ingredientes que aparecían en nuestra mesa con frecuencia, fresco y crujiente, pero siempre con su ritual. Mi madre no lo cortaba sin más; primero, tomaba un tenedor y lo deslizaba sobre la piel con movimientos firmes, dejando marcas en la cáscara verde. “Así no cae pesado”, decía con la certeza de quien sabe lo que hace. Luego, lo pelaba a medias, dejando franjas de verde como si vistiera un traje a rayas. Nunca cuestioné su método. No lo discutí, no busqué explicaciones. Mi madre tenía una sabiduría propia, la de la experiencia, la de la intuición afilada por los años en la cocina.
Yo simplemente comía el pepino tal como ella lo preparaba, confiando en que así debía ser. Con el tiempo, crecí, me alejé de aquella casa y de sus costumbres, y en algún momento olvidé el detalle del tenedor y las franjas en la piel. Hasta hoy.
Hoy, con mis propios años encima, después de haber vivido en otros lugares y aprendido cosas nuevas, volví a probar un pepino sin pelar del todo. Y ahí estuvo la revelación: aquel método tenía sentido. Mi madre tenía razón. La piel, tratada de aquella manera, era más fácil de digerir. Lo supe en el acto, no por un libro ni por una receta, sino por mi propio cuerpo.
Sonreí al recordarla, imaginando su voz diciéndome, con esa mezcla de orgullo y cariño: “Te lo dije”. Y yo, a pesar del tiempo y la distancia, no pude hacer otra cosa que asentir.








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