Buceando con el ministro
Parecía un día normal en el Stockholms Diving Center, el club donde trabajo como instructor de buceo. Tenía programado un curso Scuba Skills Update, una sesión para refrescar habilidades. Todo transcurría con la rutina habitual: clientes entrando y saliendo, conversaciones entre instructores, revisiones de equipos.
De repente, bajó un hombre de unos 50 años, acompañado por dos personas más. Uno de los instructores me lo presentó:
—Saúl, este es tu alumno.
Nos dimos la mano.
—Mucho gusto, Saúl —dije con naturalidad.
Revisamos papeles, chequeamos el equipo y le pregunté si tenía automóvil para encontrarnos directamente en Högdalen Simhall, la piscina donde haríamos la sesión. Me dijo que sí, así que le di la dirección. Mientras recogía su equipo, hizo un comentario curioso:
—Voy a necesitar 8 kg de lastre.
Me reí y negué con la cabeza.
—Con un shorty y ese peso te hundirías como una piedra.
Él también rió. Tomó su bolsa con el traje, el BCD, regulador, máscara y aletas, y se fue. Justo en ese momento, uno de los instructores se me acercó con una sonrisa misteriosa.
—¿Sabes quién es él?
—No, ¿quién?
—El ministro de defensa de Suecia.
Me quedé inmóvil por unos segundos. No lo había reconocido. No tenía idea de quién era. Y ahí estaba yo, a punto de impartir una sesión de buceo al ministro de defensa del Reino de Suecia, con agentes del servicio secreto sueco —SÄPO— rondando cerca.
Sentí un pequeño cosquilleo en el estómago, pero nada de nerviosismo real. Después de todo, era una clase como cualquier otra. Profesionalismo, técnica, seguridad.
Nos encontramos en la piscina como acordado. Él se mostró relajado desde el principio, conversador, amable. Mientras armábamos el equipo, me preguntó cuánto tiempo llevaba en Suecia.
—Veinte años ya.
—¿Y de dónde eres?
—De Cuba.
Asintió con interés y comentó sobre Cuba, su historia, su gobierno. La conversación fluyó de forma natural, como si estuviéramos hablando en cualquier otro contexto, no bajo la atenta mirada de agentes de seguridad.
Bajamos al agua y comenzamos con los ejercicios. Durante 40 minutos, estuvimos ahí abajo, repasando habilidades, perfeccionando técnicas. Él estaba en excelente forma física; se notaba que entrenaba regularmente. Todo fluyó sin problemas.
Al salir del agua, se quitó la máscara y sonrió satisfecho.
—Gracias, Saúl, ha sido una muy buena sesión.
—El placer fue mío —respondí con la misma naturalidad con la que empecé el día.
Me fui a casa con una anécdota para toda la vida. No todos los días se tiene la oportunidad de entrenar bajo el agua con el ministro de defensa de un país, rodeado de agentes secretos, en un ambiente de total tranquilidad. Una de esas historias que, cuando las cuentas, casi parecen ficción.






Comentarios
Publicar un comentario