El misterio de la faja
Cuando yo era niño, había cosas en casa que simplemente existían sin que nadie las cuestionara. Como el mantel de la mesa, la vieja radio en la sala o el ventilador que giraba con un zumbido constante. Y entre esas cosas estaba la faja de mi madre.
No recuerdo la primera vez que la vi, pero sé que me llamaba la atención. No era una prenda común como las camisas o los vestidos que colgaban en el armario. La faja aparecía en momentos específicos, justo antes de que mi madre se vistiera para salir. Me parecía extraño cómo siempre la sacaba con cuidado, la extendía entre sus manos y luego, con movimientos que conocía de memoria, se la ponía antes de completar su atuendo.
Yo no entendía del todo su propósito, pero sabía que era importante para ella. La veía ajustarla con seriedad, como quien sigue un ritual. A veces, mientras yo jugaba o estaba enredado en mis pensamientos, me llegaban sus palabras: “Así la ropa me queda mejor”. No cuestionaba lo que decía, pero la curiosidad siempre quedaba ahí, rondándome la cabeza.
Algunas veces, cuando me tocaba ayudar a recoger la ropa limpia, la faja estaba doblada entre las demás prendas. Yo la levantaba con cuidado, sintiendo su textura firme. Era diferente a cualquier otra cosa que hubiera en casa. No era como una camisa ni como los pantalones que usaba para la escuela. Era algo aparte, como un objeto con un propósito secreto que solo los adultos comprendían.
Cuando mi madre regresaba a casa después de un largo día, la faja volvía a aparecer, esta vez al final de su rutina. La dejaba sobre la cama o en el respaldo de una silla, como si fuera algo que necesitaba descansar tanto como ella. Nunca me atreví a preguntar más de la cuenta. Solo observaba, intentando entender un mundo que todavía no me pertenecía.
Hoy, cuando pienso en aquellos días en nuestra casa de La Víbora, recuerdo muchas cosas: el olor a café por la mañana, el sonido de la lluvia en los techos de zinc, las voces de los vecinos que se llamaban desde las aceras. Y, entre todos esos recuerdos, está la imagen de la faja de mi madre, siempre presente, siempre parte de la escena cotidiana. Un pequeño misterio de la infancia que, con los años, aprendí a aceptar sin necesidad de resolver.






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