Guanajuato.

 Guanajuato es, sin lugar a dudas, la ciudad que más me ha impactado de todas las que he visitado en México. Hay algo en su belleza y en la manera en que su arquitectura se mezcla con la historia y la vida cotidiana que me cautivó de inmediato.












 La ciudad parece salida de un sueño, con sus casas de colores brillantes, sus calles estrechas y empedradas, y sus montañas que rodean la ciudad como si quisieran abrazarla. Cada rincón tiene algo especial, algo único, y me dejé llevar por todo lo que esta ciudad tenía para ofrecer.


Recuerdo que mi primer paseo por Guanajuato fue como una revelación. Me perdí entre sus callejones, subí y bajé por sus empinadas pendientes y, por un momento, sentí que el tiempo se detenía. Las casas de colores vivos parecían pintar la ciudad, y el aire fresco me llenaba los pulmones mientras caminaba por las plazas llenas de vida. Fue fácil enamorarme de este lugar; sus calles no solo son bonitas, sino que tienen una energía propia, una vibrante mezcla de historia, cultura y gente amable.


Pero lo que realmente hizo que Guanajuato quedara grabada en mi memoria fue la experiencia de haber bailado en el emblemático Teatro Juárez. Estaba en 1993, formando parte del conjunto folclórico universitario, y en una gira por varias ciudades de México, nos tocó actuar en este magnífico teatro. 

Aún recuerdo el nerviosismo que sentí antes de subir al escenario, pero también la emoción de saber que estaba a punto de pisar uno de los teatros más importantes de México, un lugar con tanta historia, cultura y elegancia.


El interior del Teatro Juárez, con su arquitectura neoclásica y sus detalles dorados, me dejó sin palabras. Al entrar, me sentí pequeño ante tanta belleza; el techo ornamentado, las columnas, las lámparas de araña que iluminaban la sala con una luz cálida y acogedora… todo parecía sacado de una película. Pero lo más impresionante fue el momento en que comenzamos a bailar. Mientras las luces del teatro se apagaban y el telón se levantaba, el escenario se llenó de la energía de nuestra danza. Recuerdo cómo la música comenzó a sonar, y nuestros movimientos tomaron vida en ese espacio tan majestuoso, como si la ciudad misma estuviera bailando con nosotros. Fue una conexión tan profunda con el lugar y con la gente que estaba allí, observando nuestra actuación.


Después de la presentación, me quedé unos minutos en el escenario, mirando a mi alrededor, absorbiendo la magnificencia del teatro y sintiendo una gratitud inmensa por poder vivir una experiencia tan única. Mientras caminaba por las calles de Guanajuato esa noche, con las luces del teatro aún brillando en mi mente, comprendí que esta ciudad había dejado una huella en mí, una huella que perduraría por siempre.


Desde ese momento, siempre que pienso en Guanajuato, me viene a la mente esa sensación de asombro, de descubrimiento, de estar en un lugar que parecía ser una mezcla de historia, arte y vida. La ciudad me dio mucho más que una simple visita, me ofreció una experiencia, un momento único que jamás olvidaré.

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