Los suecos
Los suecos, ay, los suecos…
Y no, mi hermano, no hablo de los rubios de metro noventa, ojos azules y frío en el alma que aquí en Suecia uno ve montando bicicleta bajo la nieve como si nada.
No, no, no.
Hablo de los otros suecos: los de madera.
Los zapatos.
Los que en Cuba sonaban tac-tac-tac por toda la cuadra como si uno viviera encima de una tarima de teatro.
Yo crecí viendo gente con aquellos suecos de madera y cuero como si fueran la última moda de París.
Había señoras que se los ponían para ir al agro; había muchachos que se los calzaban para ir a la secundaria; y había quien se lo plantaba pa’ salir “arregla’o” los domingos.
La gente en Cuba le metía sueco pa’ todo, como si el calzado fuera multipropósito: social, laboral, recreativo y, si hacía falta, hasta arma blanca.
Lo curioso —lo verdaderamente curioso— es que cuando finalmente llegué a Suecia, el país de donde los suecos de verdad son originales, yo venía con la expectativa de verlos por todas partes:
en la calle, en las tiendas, en el metro, en los hospitales, en los parques…
¡Qué va!
Aquí casi nadie se pone un sueco pa’ salir.
Aquí los suecos son… bueno… de casa.
Son zapatos de andar dentro, de moverse en silencio, de no molestar al vecino del piso de abajo.
En cambio, los cubanos los usábamos pa’ caminar por toda La Habana como si estuviéramos probando la acústica del mundo.
Mira, aquello era como caminar sobre una caja de resonancia.
Cada paso era un concierto: TAC, TAC, TAC.
Y no el tac suave, no, no.
Era un tac con autoridad, con carácter, con anuncio incluido:
“¡Atención mundo, aquí viene fulano con suecos nuevos!”
Pero en Cuba eran un símbolo raro: medio cómodo, medio rústico, medio de lujo, medio de necesidad, medio de moda sin ser moda.
Era como una contradicción de madera.
A veces camino por las calles de Estocolmo, viendo a la gente con sus zapatos de invierno silenciosos, sus botas forradas, sus tenis minimalistas…
y me entra una nostalgia rara.
Una nostalgia que suena hueca, de madera.
Una nostalgia que dice tac-tac.
Y pienso:
qué cosas tiene la vida…
los suecos de verdad no usan suecos,
y los cubanos, que no son suecos, los usaban como si fueran parte de la identidad nacional.
Quizás por eso, cada vez que veo un par perdido en alguna tienda, siento como si me estuvieran llamando desde la infancia, desde el barrio, desde aquellas calles donde yo aprendí que un par de tablas con cuero arriba pueden hacerte sentir tan elegante como quieras… siempre y cuando ignores el escándalo.
Porque al final, ser cubano es eso:
caminar por el mundo haciendo ruido, aunque el mundo ande en silencio.



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