El duelo
Siempre iba en desventaja. Lo sabía desde que entraba a la casa de los vecinos. Pero no me importaba. Asumía el riesgo y, más aún, disfrutaba todo el proceso.
Mis vecinos eran orientales, guantanameros de pura cepa, aunque —cosa curiosa— le iban con alma y vida al equipo de Santiago de Cuba. Y yo no. Yo era de Industriales, azul hasta la médula, La Habana completa en el pecho. Así que, cada vez que había juego entre Industriales y Santiago, aquello se convertía en una cita obligada… y peligrosa.
En esos tiempos, Santiago no era cualquier cosa. Era La Aplanadora. Un equipo duro, lleno de peloteros que imponían respeto. Y estamos hablando de béisbol, del deporte nacional, de la pelota que se juega y se sufre en Cuba. Así que imagínate el panorama.
Yo me sentaba allí, en la sala de mis vecinos, frente al televisor —a veces en blanco y negro, a veces con más interferencias que imagen— rodeado de guantanameros y santiagueros gritones, confiados, sabrosos. Y empezaba el juego. Nueve innings por delante. Si no se desbalanceaba antes.
Cuando Industriales hacía una buena jugada, aquello era una fiesta… para mí solo. Yo gritaba, aplaudía, saltaba del asiento, ardía. Un doble play bien hecho, un jonrón oportuno, una atrapada salvadora… y yo lo celebraba como si estuviera en el Latinoamericano.
Pero claro, cuando la jugada iba en sentido contrario… ay, compadre. Entonces eran ellos. Mi vecino, los amigos, los que se habían sumado. Las burlas, los coros, las risas:
—¿Viste eso?
—¡La Aplanadora no perdona!
—Prepárate que hoy te vamos a pasar el rolo.
Y yo ahí, aguantando presión, defendiendo mis azules, diciendo que todavía quedaba juego, que la pelota es redonda, que hasta el último out no se canta victoria.
Y así se nos iban los innings, entre gritos, risas, pullas, bromas y pasión. No había odio, no había maldad. Solo rivalidad, solo juego. Al final, ganara quien ganara, aquello era una pasada. Se trataba de compartir, de sentir la pelota, de vivir el momento.
Hoy, cuando miro atrás, no recuerdo solo los marcadores ni los jugadores. Recuerdo ese ambiente. Esa sala llena. Esa Cuba de los 80 y 90. Ese ir a casa del vecino sabiendo que ibas en desventaja… y aun así ir, porque valía la pena.
Y la pasábamos bien. Muy, muy bien.



Comentarios
Publicar un comentario