Ñooooo


. Mi compañero de cuarto en el hospital cuando me operaron por la úlcera… era policía. Yo no, gracias a Dios. Los dos estábamos allí recuperándonos del mismo invento, pero a él la cosa parecía cogerle más trabajo. Tenía una cara como de susto permanente, como si cada respiración fuera una misión encubierta. Yo, en lo mío.


La mañana del desastre él estaba sin acompañante… o eso creí yo, porque después apareció alguien, pero ya para qué. El punto es que, de pronto, el tipo estornuda —o tose, no sé, una de esas explosiones corporales que no avisan— y, compay, sus esfínteres dijeron: misión abortada. ¡Se rindieron al primer disparo!


Hermano… aquello fue un apagón anal, una liberación nacional. La ropa, la cama… todo quedó como la Calzada de 10 de Octubre después de un aguacero: intransitable.


Y aquí viene lo lindo. Lo impensable. Lo que ni a Cantinflas se le habría ocurrido.


En vez de coger su dignidad, su toalla y su pudor, e ir al baño a limpiarse como Dios manda… ¡no! Ellos —él y el acompañante que mágicamente apareció— deciden virar el colchón. Así, con frescura, como quien voltea un panqué pa’ que no se queme. Y pa’ rematar el crimen de lesa humanidad, el hombre se echa perfume. En él… y en la mancha. Un Chanel Nº 2, literal.


Aquello era un carnaval de olores: mitad hospital, mitad baño público, mitad fiesta de quince barata. Tremenda mezcla aromática.


Mi acompañante estaba en shock, pero yo… yo solo podía mirar al tipo y soltarle:


—Asere, mira… ya sé que tú eres policía. Pero si un día tú me ves en la calle, me paras y me pides el carnet… ¡te voy a caer a piedras! ¡Sucio!


Mi hermano, todavía hoy me acuerdo y me da una risa que me vuelve a doler la herida de la operación.



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