Yo no le trabajo a este gobierno
«Yo no le trabajo a este gobierno»
La frase salió de mi padre sin aspavientos, como quien enciende un tabaco y declara una verdad que no necesita pruebas.
No levantó la voz. No buscó convencerme.
La soltó y siguió trabajando, como si acabara de decir que el sol sale por el este.
Pero aquella oración —tan corta, tan filosa— se quedó en el aire, zumbando, buscando su lugar en mi cabeza.
Yo era un niño, pero entendí que eso no era rebeldía: era dignidad.
Mi padre era albañil.
Pero antes que albañil, era un hombre entero.
Estaba hecho del mismo material que él moldeaba:
cemento firme, arena brava, grava que aguanta ciclón tras ciclón.
Tenía manos que parecían herramientas y una manera de mirar el trabajo que hoy llamaríamos emprendimiento, aunque él jamás usó esa palabra ni falta que le hizo.
Él lo único que quería era ganarse la vida sin tener que entregarle el alma a nadie.
Ofrecía sus servicios, fijaba un precio, hacía los ajustes “a la ley de la plomada” y cumplía lo pactado como si en ello le fuera la honra.
Cobraba lo convenido y seguía camino, sin deberle favores ni explicaciones a ningún burócrata.
Así funcionaba su mundo:
directo, limpio, sin intermediarios.
Un mundo que el gobierno que llegó en 1959 intentó quebrarle una y otra vez, como quien intenta doblar una barra de acero con las manos vacías.
Pero mi padre no era de doblarse.
Cuando dijeron que las casas eran del Estado, él siguió levantando paredes.
Cuando dijeron que todo debía pasar por permisos, listas y firmas, él siguió poniendo ladrillos.
Cuando inventaron mil formas de vigilar, controlar, limitar y frenar, él siguió trabajando… con la misma serenidad terca del que sabe que su libertad empieza en su oficio.
—Yo no le trabajo a este gobierno —repetía, sin un gramo de miedo.
Y no era política.
Era instinto.
Era memoria.
Era una brújula moral apuntando siempre al mismo norte.
Vivió así toda su vida: trabajando sin jubilación posible, porque los hombres como él no se retiran; se apagan.
Se apagan como una luz que cumplió su turno hasta el último segundo, sin fallar, sin ceder, sin pedir aplausos.
El día que la vida se le fue apagando, entendí que su frase no era un acto de protesta.
Era una declaración de independencia.
La suya.
La única que pudo tener.
Y ahí sigue, retumbando dentro de mí, como un martillo que todavía golpea una piedra invisible:
Yo no le trabajo a este gobierno….
Mi padre…..
Ni muerto.



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