Ni pa’ llá vo a mirá ….


 





Luyanó, años setenta



Luyanó, barrio diez octubrino.

El aire tibio de la noche olía a fritura, a perfume barato y a sudor de fiesta. En alguna casa cercana sonaban carcajadas y vasos chocando. Era una de esas celebraciones de barrio, quizás unos quince, quizás el pretexto perfecto para juntar a medio vecindario.


El tocadiscos, brillante bajo la bombilla amarilla, dejaba correr los surcos de una canción que entonces yo no conocía del todo, pero que me atrapó desde el primer tumbao: “Juanito Alimaña”.

La voz de Héctor Lavoe se colaba por las paredes, y el trombón de Willie Colón marcaba el paso del alma.

Esa noche entendí que la salsa no se baila solo con los pies: se baila con la vida entera.


En medio del ruedo estaba Lino —el alma del grupo, el que guiaba la rueda de casino con voz firme y mirada de calle.

Tenía una cicatriz que le cruzaba la cara como una firma del destino, y una sonrisa que no pedía permiso.

Cantaba la rueda y la canción al mismo tiempo, improvisando pasos con el aguaje de los que viven en el filo.

Yo, más joven, lo miraba con fascinación. Había en él algo indomable, una elegancia que no venía del dinero ni del linaje, sino de esa mezcla habanera de ritmo y orgullo.


Cuando Lino gritó “¡dame una vuelta!” y el grupo giró, sentí que entraba en otro mundo.

El piso de cemento, los zapatos desgastados, la música girando como un torbellino… y yo ahí, entre los grandes, aprendiendo a mover los hombros, a entender los silencios, a mirar sin miedo.


Aquella fue una de las mejores ruedas de casino que bailé en mi vida.

Quizás porque no era solo baile: era iniciación.

El barrio entero parecía latir al compás de la clave.

El eco de las risas, el humo del tabaco, el sabor de la cerveza caliente… todo se mezclaba en una sola escena que aún guardo intacta, como un vinilo que no quiero que termine.


Luyanó, Diez de Octubre, La Habana.

Década del setenta.

Años hermosos de mi juventud.

Donde cada canción tenía rostro,

cada noche tenía nombre,

y cada baile era una pequeña eternidad.




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