Bro(u)ma de fin de año



 





La noche en que Oslo se escondió



La invitación era demasiado encantadora como para rechazarla.

Unos amigos que, en aquel entonces, vivían como matrimonio en el centro de Oslo, nos invitaron a pasar el fin de año en su casa. Uno de los grandes atractivos de la noche sería subir al techo del edificio —bastante alto— para ver desde allí el espectáculo de los fuegos artificiales, con toda la ciudad iluminada bajo nosotros.


Aceptamos sin pensarlo. Y nos fuimos a Oslo.


La noche fue magnífica: cenamos comida cubana, bebimos, cantamos, bailamos. Había alegría, había nostalgia, había rumba en el aire helado del norte. Cuando se acercaban las doce, preparamos las copas, las botellas de champán, y subimos al techo con la emoción propia de los minutos previos a un nuevo año.


Pero para sorpresa nuestra, el cielo nos jugó una broma.

Una niebla espesa, casi sólida, cubría toda la ciudad. No se veían ni siquiera los edificios contiguos, pese a estar en lo alto. Solo se escuchaban los estruendos de los fuegos artificiales y se veía, de vez en cuando, un resplandor de luces perdido entre la bruma.


Era como estar dentro de una nube con música, risas y brindis.


Nos echamos a reír —¿qué otra cosa podíamos hacer?— porque justo el momento más esperado, la gran escena del espectáculo, se desvaneció ante nosotros. O quizás, pensándolo bien, la naturaleza decidió regalarnos una versión diferente: un año nuevo envuelto en misterio.


Terminamos bajando del techo y seguimos la fiesta. La noche fue buena, cálida, alegre, a su manera perfecta.

Solo quedó una deuda pendiente: el espectáculo visual de los fuegos artificiales.

Oslo nos lo debe. Y nosotros también nos lo debemos a nosotros .


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