Volando a Tailandia
La aventura comenzó mucho antes de llegar a Tailandia. Íbamos en grupo, como parte del club de buceo, con la idea de explorar los espectaculares fondos marinos del sudeste asiático. Pero lo que pintaba como un viaje cargado de emoción y descubrimientos submarinos, pronto se convirtió en una comedia gracias a los protagonistas de la historia: un grupo de compañeros que, al parecer, eran más bebedores que buceadores.
Todo empezó en el avión. El primer tramo del viaje, de casa a Dubái, fue lo que se podría llamar el “pre-calentamiento”. Nada más despegar, ellos ya tenían vasos en la mano y risas que se contagiaban por todo el pasillo. Los pasajeros a nuestro alrededor no sabían si unirse a la fiesta o pedir un cambio de asiento. Cuando aterrizamos en Dubái para hacer la escala, algunos ya iban tambaleándose entre el duty free y la sala de embarque.
En el segundo vuelo, de Dubái a Bangkok, la situación escaló. Si en el primer trayecto habían bebido con entusiasmo, en este segundo tramo parecían estar compitiendo por récords personales.
Para cuando aterrizamos en Bangkok en la madrugada, ellos estaban tan ebrios que apenas podían mantener el equilibrio. Entre risas y bromas, logramos pasar la aduana, pero la mañana en Tailandia los encontró más cerca de necesitar una cama que un tanque de oxígeno.
Ese día estaba planificada la primera inmersión en las aguas cristalinas de Tailandia. Pero, como era de esperar, no pudieron participar. No había manera de que alguien con resaca pudiera enfrentarse a una sesión de buceo, y menos en esas condiciones. Mientras el resto del grupo se adentraba en el agua para explorar los arrecifes y la vida marina, ellos se quedaron en el bote, medio dormidos, medio arrepentidos, jurando que no volverían a mezclar buceo y bebida. (Spoiler: lo hicieron nuevamente más adelante en el viaje).
Así empezó nuestra aventura de buceo en Tailandia, con risas, caos y una lección que quedó grabada en mi memoria: no es lo mismo ser un buceador que bebe, a un bebedor que bucea. Pero, a pesar de todo, esos momentos de camaradería y locura compartida son los que hacen que cada viaje tenga un toque inolvidable. Y ese fue, sin duda, uno para recordar.






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