Ser niño… siempre



 Cuando veo a algunos adultos caminar con el ceño fruncido, la prisa pegada a los pies y una seriedad pétrea en el rostro, me pregunto en qué momento dejaron escapar al niño que alguna vez fueron. ¿Cuándo se olvidaron de correr sin rumbo, de reírse hasta que doliera el estómago, de inventar historias con cualquier objeto a mano? A veces, los observo interactuar con sus propios hijos y noto la distancia: no saben jugar, no recuerdan cómo era ser un niño. Les hablan con autoridad, con la mirada ocupada en el reloj o el teléfono, incapaces de entregarse al instante como lo harían si ese niño interior aún estuviera despierto.


Yo me niego a ser así.


El niño que fui, ese que corría descalzo por los pasillos de mi casa en La Víbora, que se inventaba cuentos con las sombras de la lámpara cuando se iba la luz, que se montaba en chivichanas hechas de patines viejos, sigue aquí. No lo dejo ir. A veces, cuando escucho llorar a un bebé, no oigo simplemente ruido, sino un lenguaje, un llamado. Es como si mi propio niño interior me susurrara al oído: Tiene hambre, tiene sueño, está incómodo. Y lo entiendo, lo siento, porque ese niño nunca se ha apagado en mí.


Jugar con mis hijos es un recordatorio constante de que la vida es mucho más que cuentas por pagar, reuniones y responsabilidades. Cuando salto con ellos, cuando improvisamos una historia con muñecos de plástico o competimos en un juego de velocidad en el parque, no estoy actuando como un adulto que juega, sino como un niño que nunca dejó de hacerlo. Y eso es un regalo.


He visto a muchos adultos perder esa chispa. La apagan con excusas: Estoy muy ocupado, Ya soy grande para esas cosas, No tengo tiempo para tonterías. Pero lo que realmente están diciendo es Olvidé cómo jugar. Y cuando eso sucede, cuando el niño interior se adormece, la risa se vuelve menos espontánea, la imaginación se atrofia y la capacidad de maravillarse se erosiona.


No quiero ser uno de ellos. No lo seré.


A veces, cuando voy por la calle, salto sin razón en una baldosa. Camino por los bordes de las aceras como si fueran una cuerda floja. Juego con mi sombra. Y si alguien me mira raro, qué más da. Porque en ese momento, sé que sigo siendo yo, el mismo niño de 7, 8, 9, 10 años. El que nunca dejaré ir.


Comentarios

Entradas populares