Bruma.
Estocolmo bajo la neblina
Esta mañana, Estocolmo amaneció envuelto en un velo de neblina espesa y misteriosa, como si la ciudad estuviera atrapada en un sueño. Desde mi ventana en Fågelbyn, en Tumba, la bruma lo cubría todo, suavizando los contornos del paisaje y dando la impresión de que el mundo terminaba a unos metros de distancia.
Al salir de casa, el aire tenía ese aroma fresco y húmedo que solo la neblina puede traer. Los árboles que bordean los caminos parecían figuras fantasmales, sus copas ocultas en la blancura difusa del cielo. Caminé hasta la estación, y el tren llegó deslizándose entre columnas de bruma, con sus luces delanteras iluminando el aire denso, como si fueran los ojos de un barco avanzando en alta mar.
Durante el trayecto hacia Estocolmo, la neblina transformó el paisaje conocido en algo nuevo, casi irreal. Los edificios altos desaparecían a la mitad, como si estuvieran flotando en el aire.
Los bosques a ambos lados del camino se convertían en sombras borrosas, un bosque sin fin donde la realidad se difuminaba. Los postes de luz y los semáforos surgían de la nada, como luciérnagas atrapadas en un mundo de algodón.
En ciertos momentos, el tren se adentraba en un manto de niebla tan denso que no podía ver nada más allá de la ventana. Era como viajar a través de una historia sin final, un pasillo sin paredes donde el tiempo se detenía. Y entonces, en algún punto del trayecto, la niebla se despejaba brevemente, y Estocolmo aparecía de nuevo, diferente, renovada, como una ciudad recién descubierta.
Al llegar a la estación central, la niebla seguía allí, envolviendo la ciudad en su abrazo silencioso. Las siluetas de los edificios más emblemáticos emergían entre el vapor gris, dándole a la ciudad un aire londinense, una melancolía elegante. Las luces de las farolas parpadeaban sobre las calles húmedas, reflejadas en los adoquines mojados, mientras la gente se movía con prisa, envuelta en abrigos y bufandas.
Estocolmo con neblina es otra ciudad. No pierde su belleza, solo la transforma. Se vuelve más introspectiva, más enigmática. Es como si la ciudad misma decidiera esconderse por un momento, volverse íntima, mostrarse solo a aquellos que saben mirar más allá de lo evidente.
Y yo, en medio de esta Estocolmo etérea, camino por sus calles con la sensación de estar dentro de una pintura, de esas donde todo parece inacabado, donde los detalles se desvanecen y el misterio se convierte en parte del paisaje. La niebla es un recordatorio de que todo cambia, incluso lo más familiar. Hoy, Estocolmo es un poema en blanco y gris, y yo tengo el privilegio de caminar dentro de él.






Descripción de una ciudad que seduce...
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