Antes y ahora


Contrastes de una vida en dos tiempos


Algunas veces, cuando caliento mi almuerzo en el microondas del trabajo, el vapor que se eleva me trae recuerdos de otro tiempo, de otra vida. Es curioso cómo los olores tienen esa habilidad de arrastrarnos de golpe a momentos que creíamos lejanos.


Hace más de treinta años, en Cuba, mi rutina era otra. A los 22 años, la vida tenía un ritmo distinto, más pausado en algunos aspectos, más impaciente en otros. Trabajaba y, al mediodía, volvía a casa para almorzar. O a veces terminaba mi jornada y el almuerzo me esperaba en la mesa. Comer en casa era una certeza, algo natural, sin mayores complicaciones. No había prisa, no había envases plásticos ni microondas que emitieran un pitido al final del ciclo. Había platos de loza, cubiertos sencillos y, a veces, una conversación pausada, acompañada por el rumor de la calle colándose por las ventanas.







Ahora, en Estocolmo, mi rutina es completamente diferente. En las mañanas, antes de salir, preparo mi almuerzo con la precisión de quien ha aprendido a cuidar los detalles de su propia vida. Corto los ingredientes, mezclo las especias, distribuyo la comida en envases herméticos. No hay vuelta a casa al mediodía. Como en el trabajo. A veces desayuno allí. A veces ceno. Mi vida se ha estructurado de una manera que antes me habría parecido extraña, casi impersonal. Pero no lo es. No del todo.






Hay algo que no ha cambiado, algo que sobrevive a los años, a los países, a las circunstancias. Es mi ritual con la comida. Desde niño, cuando me preparaba el desayuno o el almuerzo, lo hacía con una especie de devoción silenciosa. No era simplemente comer; era un acto que tenía su propio tiempo, su propio ritmo. Me gustaba disponer los ingredientes con calma, decorar la ensalada, organizar el plato como si fuera una pequeña obra de arte.


Y aún lo hago. Aún me tomo mi tiempo, incluso en la fría cocina del trabajo. Pongo la música en mis auriculares mientras preparo mi comida, dejo que el sonido me envuelva y me transporte. A veces, es un bolero de Vicentico Valdés, y por un instante, me veo en mi infancia, en la cocina de La Habana, con el eco de la radio sonando bajito.


Cuando llega el momento de comer, mastico despacio, saboreo cada bocado. Cierro los ojos, trago, dejo que el placer simple de la comida me inunde. Es un instante breve, pero lleno de significado. Porque en ese momento, no hay diferencia entre el joven de 22 años que almorzaba en casa en Cuba y el hombre que, décadas después, come en una oficina en Estocolmo.


Ambos son la misma persona, unidos por un hilo invisible que atraviesa el tiempo y la distancia. A veces, la nostalgia pesa, pero otras veces, como ahora, me doy cuenta de que no he perdido nada. Solo he cambiado de escenario.



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