Baia, sumergida

 Había llegado a Italia con un propósito claro: acompañar a un grupo de mis alumnos suecos a recibir clases de baile en Nápoles, más específicamente en Ercolano, ese lugar lleno de historia a la sombra del imponente Vesubio. Entre los días de enseñanza, música y movimiento, logré reservar un día para algo completamente distinto, algo que llevaba tiempo anhelando: bucear en el Parque Arqueológico Sumergido de Baia, un sitio que había escuchado mencionar como “la Atlántida de los romanos”.


La mañana de la inmersión fue perfecta. El sol iluminaba las aguas del golfo de Nápoles, y la brisa marina llevaba consigo un aire de tranquilidad. Llegué al centro de buceo temprano, emocionado por explorar este museo submarino. Tras las indicaciones de los guías y los preparativos del equipo, me encontré listo para sumergirme en un viaje no solo bajo el agua, sino también en el tiempo.





La primera inmersión fue como entrar en un sueño. Apenas descendí, el mundo moderno desapareció, y frente a mis ojos se desplegó un paisaje que parecía salido de un libro de historia: columnas romanas, mosaicos multicolores casi intactos y las ruinas de villas que, siglos atrás, habían sido el refugio de la élite romana. Era increíble pensar que emperadores como Nerón o Calígula caminaron por esos mismos pisos que ahora acariciaba el agua.


En uno de los mosaicos, un guía submarino señaló una figura de Neptuno, el dios del mar, como si él mismo estuviera vigilando su reino sumergido. Alrededor, las aguas tranquilas creaban una atmósfera mágica, y el sonido de mi respiración a través del regulador era el único recordatorio de que estaba en el presente y no en el pasado.


La segunda inmersión me llevó a explorar una parte diferente del parque, donde las termas romanas estaban casi perfectamente conservadas. Nadar entre las paredes de lo que una vez fueron piscinas de agua caliente y fría fue una experiencia surrealista. Imaginé las conversaciones que esos muros habrían escuchado, los secretos y las intrigas de una Roma distante, ahora envuelta en el silencio del mar.





Cada detalle me impresionaba más que el anterior. Las estatuas sumergidas, colocadas allí como guardianas del pasado, parecían mirarme con serenidad mientras me deslizaba por las aguas. Era un recordatorio de cuán efímera puede ser la grandeza humana frente a las fuerzas de la naturaleza, como el bradisismo que había sumergido Baia bajo el mar.





Al salir del agua después de la última inmersión, sentí una mezcla de emociones: gratitud por haber presenciado algo tan único, asombro por la historia que yace bajo la superficie, y un profundo respeto por aquellos que se esfuerzan por preservar este lugar. De regreso a Ercolano esa tarde, mientras compartía una comida ligera con mis alumnos, les conté sobre la experiencia. Aunque muchos de ellos no eran buceadores, podía ver en sus ojos el mismo asombro que yo había sentido bajo el agua.


Aquel día en Baia no fue solo una pausa en mi viaje como instructor de baile, sino una conexión directa con el pasado, un recordatorio de que, incluso bajo las aguas del tiempo, la humanidad deja su huella. Fue una experiencia que quedará conmigo para siempre, como un capítulo inesperado y mágico en mi historia personal.

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