Bailando en alta mar.

 Baile en alta mar: una coreografía contra el oleaje


Algunos tienen suerte y otros no. A veces, la vida parece una broma bien elaborada. Y esta historia es una prueba de ello.


Resulta que estaba en un crucero, listo para una presentación de baile. Pero los antecedentes de esta aventura eran tan inusuales como la historia misma. 





Mi pareja de baile vivía en Noruega ; yo en Suecia. En aquel entonces, ella residía en Oslo. Y como los ensayos a distancia aún no se han inventado (o al menos no para salsa), tuve que hacer algo que en retrospectiva parece un poco extremo: volar a Oslo solo para ensayar con ella. Sí, así de comprometidos estábamos con la coreografía.


Después de varias idas y venidas, la rutina estaba lista, bastante bien pulida. El tema elegido era “Aguanile Boncó” de Irakere, un temazo con un ritmo endemoniadamente rápido. El vestuario estaba decidido, todo bajo control. Y lo mejor de todo: habíamos sido seleccionados para bailar en un crucero de salsa que salía de Oslo.





Ya a bordo, después de todo el trámite de embarque, pasaportes y demás formalidades, nos dispusimos a ensayar. La orquesta estaba afinando sus instrumentos, y nosotros, listos para la prueba final. En eso, cuando arrancaron los primeros acordes de la canción, uno de los músicos se viró hacia nosotros con una cara de sorpresa y nos dijo:


—¡Esa canción está rápida!


Y no mentía. El ritmo era frenético, un reto incluso en tierra firme. Pero estábamos preparados.


Llegó la noche de la presentación. Yo sabía que los movimientos eran rápidos y enérgicos, lo que requería una estabilidad absoluta. Pero claro, había un pequeño detalle: estábamos en un barco. Y no en cualquier momento, sino justo cuando habían anunciado que el mar se pondría juguetón.





Por suerte —o milagro, más bien— nuestra presentación fue la primera de la noche. Subimos al escenario y, sin mayores contratiempos, ejecutamos la coreografía a la perfección. Todo fluyó como debía, ni un paso en falso, ni un resbalón. Un éxito total.


Y justo cuando terminamos, cuando dimos el último giro y recibimos los aplausos del público, el barco comenzó a moverse. Pero no un balanceo sutil, no. Aquello era un bamboleo serio, de esos que hacen que hasta los más experimentados marineros revisen su equilibrio.


Si nuestra presentación hubiera sido un par de minutos más tarde, nos habría tocado bailar salsa en un simulador de terremotos, y la historia sería otra. Me imagino a la gente preguntándose si los giros y los brincos eran parte de la coreografía o si simplemente estábamos luchando por no caer de cara al suelo.


Así que sí, algunos tienen suerte y otros no. Y esa noche, la suerte estuvo de nuestro lado. ¡Menos mal!




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