La fiesta de San Juan . Menorca.

 Era mi primera vez en Menorca, y la emoción de estar en la isla durante las fiestas de San Juan era indescriptible. Había escuchado tantas historias sobre esta celebración que mi curiosidad y expectativa estaban al máximo. Llegué temprano a Ciutadella, la ciudad donde todo se concentra, y comencé a caminar por sus calles estrechas y empedradas, esas que parecen sacadas de un cuento. A cada paso me rodeaba el encanto de su arquitectura mediterránea, con balcones adornados por flores y paredes de tonos cálidos.



El calor era sofocante, pero no le restaba belleza al ambiente. En las calles había pequeños puestos donde se vendían todo tipo de objetos: sombreros típicos, abanicos para combatir el calor, figuritas de caballos en madera, y, por supuesto, pomada menorquina, la bebida estrella de las fiestas. Aunque al principio me resistía a probarla, terminé comprando una botella congelada, más por necesidad que por curiosidad. El contraste entre la frescura del líquido y el calor reinante era un alivio inmediato.


Mientras seguíamos explorando, mis amigos y yo encontramos un camino que nos llevó a una zona alta, desde donde podíamos ver la plaza principal. Aún era temprano, y el lugar estaba vacío, lo que nos permitió escoger un sitio perfecto para observar el espectáculo. Desde allí, la vista era fantástica: el espacio estaba decorado con banderines y flores, como si la plaza misma estuviera vestida para la ocasión.


Con el paso de las horas, la plaza comenzó a llenarse. La pomada hacía su efecto y nos mantenía refrescados, aunque debo admitir que con cada botella que bajaba, el calor parecía menos importante y la alegría más intensa





. La gente llegaba poco a poco, ocupando los mejores lugares, y el ambiente comenzaba a transformarse en una verdadera fiesta. Se escuchaban risas, cánticos y el murmullo de cientos de conversaciones. En cada esquina había vendedores ofreciendo más botellas de pomada, abanicos y pequeños souvenirs. La espera se hacía más llevadera gracias al ambiente festivo y a la camaradería entre todos los presentes.




Finalmente, llegó el momento esperado. Se escucharon los primeros tambores y gaitas, y poco después comenzaron a aparecer los jinetes con sus caballos. La multitud rugió de emoción, y yo me encontré completamente absorto en el espectáculo. Los caballos, magníficos en su tamaño y porte, estaban adornados con mantos y cintas de colores brillantes. Los jinetes, vestidos con trajes tradicionales negros, manejaban a los animales con una destreza impresionante. Cuando los caballos se alzaban sobre sus patas traseras, la gente aplaudía y vitoreaba con entusiasmo.


El calor, la pomada y la emoción colectiva eran una combinación peligrosa para algunos. Vi cómo algunas personas, ya bastante embriagadas, se ponían en el camino de los caballos en un intento de tocarlos mientras realizaban el “bot”. Era imprudente y, lamentablemente, algunos terminaban siendo golpeados o atropellados por los animales. En un rincón de la plaza, un grupo de paramédicos estaba listo para atender a los heridos, algo que me recordó la fuerza y el poder de estos caballos, así como la responsabilidad que conlleva estar cerca de ellos en un evento como este.


A pesar de estos incidentes, el espectáculo continuó. La música, los caballos y la energía de la gente crearon una atmósfera inolvidable. Mientras el desfile avanzaba, me sentí profundamente agradecido de estar ahí, de ser testigo de una tradición tan vibrante y auténtica. Esa noche en Ciutadella quedó grabada en mi memoria como una experiencia única, una que me conectó no solo con la cultura de Menorca, sino también con la magia de celebrar la vida rodeado de historia, belleza y buena compañía.

Comentarios

Entradas populares