De Mallorca a Menorca

 Era un día soleado, en algún Era un día soleado, en algún momento entre 2012 y 2015, cuando con frecuencia solía visitar Mallorca por trabajo o placer.

 En una de esas ocasiones, decidimos, junto a tres buenos amigos, hacer algo especial: tomar el transbordador desde el puerto de Alcudia con rumbo a Menorca para celebrar las fiestas de San Juan el 25 de junio. 

Teníamos una motivación adicional: reencontrarme con un viejo amigo, un ex miembro del Conjunto Folclórico Universitario, con quien no había cruzado caminos en años.



El puerto de Alcudia estaba lleno de vida aquella mañana. Decenas de personas, como nosotros, iban con la misma intención de disfrutar de Menorca. 


El transbordador que abordamos era un ferry moderno, de esos que combinan velocidad y comodidad. Aunque no era el más lujoso, tenía espacios abiertos donde podías sentir la brisa marina en el rostro y contemplar las aguas cristalinas del Mediterráneo. En su interior, había cafeterías donde la gente se acomodaba con un café o una cerveza mientras esperaba la llegada.



La travesía fue breve pero espectacular. El mar estaba tranquilo, y el azul profundo del agua contrastaba con el cielo despejado. Desde la cubierta, podíamos ver pequeñas embarcaciones y alguna que otra gaviota que parecía escoltarnos durante el trayecto. El tiempo pasó rápido entre charlas, risas y las inevitables fotos que intentaban capturar la inmensidad del Mediterráneo.



Llegamos al puerto de Ciutadella y quedamos maravillados. Menorca se nos presentó como una isla que parecía haber sido pintada por un artista con un profundo amor por la naturaleza. El puerto, aunque más pequeño y sencillo que el de Alcudia, tenía un encanto rústico. Sus aguas eran tan transparentes que podíamos ver el fondo marino incluso desde el ferry. Los colores azul turquesa y esmeralda se mezclaban con el reflejo de las embarcaciones que descansaban tranquilamente en el muelle.


Ciutadella, con su arquitectura de calles estrechas y casas de tonos cálidos, nos dio la bienvenida con una atmósfera relajada, alejada del bullicio que a veces caracteriza a Mallorca. Era evidente que Menorca tenía su propia personalidad, menos ostentosa, pero igual de fascinante. Su belleza radicaba en lo simple y lo auténtico.



Exploramos la isla, deteniéndonos en cada rincón que llamaba nuestra atención. Además de Ciutadella, la otra ciudad que visitamos —cuyo nombre no recordábamos bien en aquel momento— también tenía su encanto. Probablemente era Mahón, con su imponente puerto natural y su carácter único. Pero Ciutadella fue la que se quedó en nuestros corazones por su conexión directa con el mar y su historia palpable en cada esquina.


Menorca nos regaló playas de aguas cristalinas, calas escondidas y un paisaje que parecía detenido en el tiempo. La tranquilidad de la isla era un contraste bienvenido frente a la energía de Mallorca. 





El reencuentro con mi viejo amigo fue la guinda del pastel. Compartimos recuerdos, hablamos de nuestros días en el Conjunto Folclórico Universitario y brindamos por los caminos que nos habían traído hasta ahí.


El viaje fue corto, pero dejó una huella imborrable en nosotros. Aquellos días de junio se convirtieron en una de esas memorias que uno atesora, de esas que inevitablemente te hacen sonreír cuando vuelves a recordarlas años después. Menorca, con su hermosura discreta, se quedó como un paraíso en nuestros corazones.momento entre 2012 y 2015, cuando con frecuencia solía visitar Mallorca por trabajo o placer. En una de esas ocasiones, decidimos, junto a tres buenos amigos, hacer algo especial: tomar el transbordador desde el puerto de Alcudia con rumbo a Menorca para celebrar las fiestas de San Juan el 25 de junio. Teníamos una motivación adicional: reencontrarme con un viejo amigo, un ex miembro del Conjunto Folclórico Universitario, con quien no había cruzado caminos en años.


El puerto de Alcudia estaba lleno de vida aquella mañana. Decenas de personas, como nosotros, iban con la misma intención de disfrutar de Menorca. El transbordador que abordamos era un ferry moderno, de esos que combinan velocidad y comodidad. Aunque no era el más lujoso, tenía espacios abiertos donde podías sentir la brisa marina en el rostro y contemplar las aguas cristalinas del Mediterráneo. En su interior, había cafeterías donde la gente se acomodaba con un café o una cerveza mientras esperaba la llegada.


La travesía fue breve pero espectacular. El mar estaba tranquilo, y el azul profundo del agua contrastaba con el cielo despejado. Desde la cubierta, podíamos ver pequeñas embarcaciones y alguna que otra gaviota que parecía escoltarnos durante el trayecto. El tiempo pasó rápido entre charlas, risas y las inevitables fotos que intentaban capturar la inmensidad del Mediterráneo.


Llegamos al puerto de Ciutadella y quedamos maravillados. Menorca se nos presentó como una isla que parecía haber sido pintada por un artista con un profundo amor por la naturaleza. El puerto, aunque más pequeño y sencillo que el de Alcudia, tenía un encanto rústico. Sus aguas eran tan transparentes que podíamos ver el fondo marino incluso desde el ferry. Los colores azul turquesa y esmeralda se mezclaban con el reflejo de las embarcaciones que descansaban tranquilamente en el muelle.


Ciutadella, con su arquitectura de calles estrechas y casas de tonos cálidos, nos dio la bienvenida con una atmósfera relajada, alejada del bullicio que a veces caracteriza a Mallorca. Era evidente que Menorca tenía su propia personalidad, menos ostentosa, pero igual de fascinante. Su belleza radicaba en lo simple y lo auténtico.


Exploramos la isla, deteniéndonos en cada rincón que llamaba nuestra atención. Además de Ciutadella, la otra ciudad que visitamos —cuyo nombre no recordábamos bien en aquel momento— también tenía su encanto. Probablemente era Mahón, con su imponente puerto natural y su carácter único. Pero Ciutadella fue la que se quedó en nuestros corazones por su conexión directa con el mar y su historia palpable en cada esquina.


Menorca nos regaló playas de aguas cristalinas, calas escondidas y un paisaje que parecía detenido en el tiempo. La tranquilidad de la isla era un contraste bienvenido frente a la energía de Mallorca. El reencuentro con mi viejo amigo fue la guinda del pastel. Compartimos recuerdos, hablamos de nuestros días en el Conjunto Folclórico Universitario y brindamos por los caminos que nos habían traído hasta ahí.


El viaje fue corto, pero dejó una huella imborrable en nosotros. Aquellos días de junio se convirtieron en una de esas memorias que uno atesora, de esas que inevitablemente te hacen sonreír cuando vuelves a recordarlas años después. Menorca, con su hermosura discreta, se quedó como un paraíso en nuestros corazones.


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