Carrera de relevos.
Juegos Caribe
Estadio SEDER, Universidad de La Habana
Atletismo, Relevo 4x100 Masculino
El sol abrasaba el estadio universitario, pintando sombras nítidas sobre la pista de arcilla roja del SEDER. El ambiente era eléctrico, con el griterío de las gradas llenando el aire. Cada rincón del estadio estaba vivo: desde los estudiantes ondeando banderas de sus facultades hasta los tambores improvisados que marcaban un ritmo frenético. La tensión era palpable; se trataba del relevo 4x100, el evento que definía no solo velocidad, sino orgullo y rivalidad universitaria.
Los corredores estaban ya en sus bloques de salida. Una ráfaga de murmullos recorrió las gradas cuando el juez levantó la pistola de arranque. En un instante, el disparo rasgó el aire, y los atletas salieron como proyectiles, dejando tras de sí una nube de polvo.
El primer corredor de nuestra Facultad de Derecho arrancó como un bólido, moviendo sus piernas con una cadencia perfecta, casi mecánica. En la tribuna, nuestros compañeros rugían su nombre, mientras los de otras facultades intentaban apagar el estruendo con cánticos rivales. El primer cambio de batón fue impecable: un pase rápido, limpio, dentro de la zona reglamentaria. Derecho iba en primer lugar.
El estadio retumbaba con los gritos de los espectadores. Alumnos de otras facultades se ponían de pie, saltando, golpeando las barandas metálicas. ¡La competencia era feroz! Se escuchaban cornetas, tambores, hasta el chasquido rítmico de palmas, todo mezclado en un caos hermoso.
Ahora era mi turno. El segundo corredor venía como un tren, y cuando entró en mi zona de cambio, ya podía sentir la presión. Estiré mi mano hacia atrás, y el batón se acomodó en mi palma como si el destino mismo lo hubiese colocado ahí. Sin perder ni un instante, comencé mi carrera, enfrentando la curva con determinación. Cada paso me acercaba más al siguiente corredor y, mientras lo hacía, podía sentir cómo el estadio entero vibraba. ¡Era un rugido ensordecedor, como una tormenta atrapada dentro de esas gradas!
Mantuve la ventaja, aunque los equipos de Ciencias y Economía se acercaban peligrosamente. El sudor corría por mi frente, y mis piernas quemaban, pero el primer lugar todavía era nuestro. Al llegar a la siguiente zona de cambio, entregué el batón con precisión quirúrgica a P., nuestro cerrador, un corredor explosivo y conocido por su velocidad en los últimos metros.
P. arrancó con todo lo que tenía, sus músculos trabajando como pistones mientras la distancia entre nosotros y los otros equipos se reducía. Las gradas alcanzaron un frenesí casi incontrolable. Algunos se aferraban al borde de sus asientos; otros ya no podían contenerse y gritaban con toda la fuerza de sus pulmones. Derecho todavía iba al frente. Podíamos saborear la victoria.
Y entonces sucedió.
Apenas faltaban 30 metros para la meta cuando P. tropezó. Fue como si el tiempo se detuviera. Vi el instante exacto en que su pie izquierdo golpeó de manera incómoda la pista, haciéndolo perder el equilibrio. Su cuerpo se tambaleó y cayó pesadamente contra la arcilla roja, rodando un par de metros.
El estadio entero enmudecido por un segundo. Fue como si el aire hubiese sido aspirado por un agujero negro. Luego, un rugido desgarrador llenó. Algunos gritaban de incredulidad; otros celebraban la oportunidad que se les había presentado.
Los corredores de Economía pasaron a P., quien luchaba por levantarse con desesperación.
A pesar del tropiezo, P. no se rindió Recuperó el batón y cruzó la meta entre aplausos solidarios
. Terminamos en tercer lugar, pero nuestra lucha no había pasado desapercibida. Las gradas se levantaron en un aplauso colectivo, una ovación que nos recordaba que el deporte no era solo ganar, sino también es levantarse después de caer.
En el podio, mientras recibíamos nuestras medallas de bronce, no sentí tristeza, sino orgullo. Habíamos dejado todo en la pista, y aunque no logramos el oro, la memoria de aquel relevo quedará grabada en nuestras almas para siempre. La arcilla roja del SEDER fue testigo de nuestra caí da, pero también de nuestra grandeza.
Cosas que pasan en el deporte, cosas que forjan el espíritu.






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