Vino. Dominica.
Cata de vinos frutales en Dominica: una experiencia inolvidable (y tambaleante)
Era verano del 2008 o quizás del 2009, quién sabe, porque con el tiempo uno tiende a confundir las fechas, especialmente si la historia incluye bebidas fermentadas. Me encontraba en Dominica, esa pequeña joya del Caribe llena de montañas, cascadas y un aire tan puro que uno podría embotellarlo y venderlo como el elixir de la vida. Claro, mi verdadera misión en la isla no era espiritual ni atlética. No, amigo, yo estaba allí porque me habían invitado a una cata de vinos frutales caseros, y mi curiosidad –junto con mi garganta seca– no me dejó decir que no.
El evento se realizó en una cabaña al pie de un valle verde que parecía salido de una postal. La anfitriona, una mujer robusta y risueña llamada Marva, nos recibió con una bandeja de vasos pequeños que contenían un líquido color ámbar. “Este es de mango fermentado”, anunció con orgullo. “¡Bienvenidos al arte del vino tropical!”. Yo, acostumbrado a los vinos más convencionales –llámese de uva y con etiquetas intimidantes en francés–, no sabía bien qué esperar. Pero después de ese primer sorbo, me quedé convencido de que el mango había encontrado su propósito en la vida: ¡ser transformado en algo más interesante que una ensalada de frutas!
Los vinos frutales fueron llegando uno tras otro, cada uno con su historia y carácter. Probé un vino de guayaba que, según Marva, “te hacía soñar con la playa aunque estuvieras atrapado en la oficina”. Luego vino uno de tamarindo, tan ácido que casi me despeja las fosas nasales. También hubo un brebaje de plátano maduro que juraría que olía a budín y sabía a nostalgia. A estas alturas, la cata había pasado de un tono serio y exploratorio a algo que parecía más un festival de risas.
El problema, claro, es que subestimé las palabras de Marva cuando dijo: “Estos vinos pueden ser dulces, pero son traicioneros”. Ay, qué razón tenía. La dulzura escondía un golpe etílico que se sentía con retraso, como esas películas de terror donde el monstruo aparece cuando ya habías bajado la guardia.
Para cuando llegamos al vino de maracuyá –que ella llamó “el rompe corazones”–, mi risa se había convertido en carcajada y mis piernas en algo más cercano a un flan tembloroso. Decidí levantarme para admirar la vista desde la terraza, solo para descubrir que la terraza también estaba tambaleándose… o al menos eso pensé yo. Me apoyé en la baranda, respirando profundo, cuando otro participante de la cata, un hombre local llamado Theo, me ofreció un “remedio” en forma de un vaso de agua de coco fresco. Según él, “equilibraba los espíritus”. Yo no sé si fue el agua o el hecho de que ya no podía procesar más fermentados, pero algo me estabilizó.
Al final, me despedí de Marva y los demás con un abrazo más efusivo de lo habitual –gracias al tamarindo y el mango, seguro–, y un bolso con tres botellas de sus mejores creaciones. Nunca he vuelto a ver a Marva ni a probar un vino frutal de tal calibre, pero cada vez que abro una botella de vino convencional, me acuerdo de esa tarde en Dominica y sonrío. Fue la primera y única vez que un vino de plátano me hizo reír, llorar y casi caerme de una terraza. ¡Salud por eso!




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