Menorca de noche

 Era la víspera de San Juan en Menorca, una noche cargada de emoción y magia en la que la isla entera parecía contener el aliento, esperando el día más importante de sus fiestas. Habíamos llegado a Ciutadella unas horas antes, y el aire estaba impregnado de un murmullo constante, un eco de conversaciones, risas y cánticos que resonaban por las estrechas calles empedradas. No podía imaginar lo que me esperaba aquella noche, pero pronto lo descubriría.


Cuando el sol comenzó a hundirse en el horizonte, las luces cálidas de los faroles encendieron el casco antiguo, dándole un aspecto casi irreal. La gente se congregaba en las plazas, en los balcones, en cada esquina. Había familias enteras, jóvenes y mayores, todos vestidos con sus mejores galas, mientras el aroma a hierbas y flores frescas llenaba el aire. Pero lo más impresionante estaba por llegar: la salida de los caballos y sus jinetes, los auténticos protagonistas de esta fiesta.





Al principio, se escuchó un rumor lejano, un retumbar que apenas podía distinguirse entre el bullicio. Pero poco a poco, el sonido se hizo más claro: eran los cascos de los caballos golpeando el suelo. La multitud comenzó a abrirse paso, formando un corredor natural, mientras los caballos, magníficos y majestuosos, aparecían uno tras otro, guiados por sus jinetes, los caixers.




Cada caballo estaba decorado con detalles exquisitos: mantos bordados, riendas brillantes y cintas de colores que resaltaban bajo la luz de las farolas. Los jinetes, vestidos de negro con chaquetas de estilo tradicional, llevaban sus sombreros de ala ancha con una elegancia natural. Era imposible no admirar su porte, la forma en que controlaban a esos animales tan imponentes, combinando fuerza y gracia.


Los caballos no sólo caminaban; muchos de ellos se levantaban sobre sus patas traseras, haciendo gala de un equilibrio impresionante, mientras la gente alrededor vitoreaba y aplaudía. Algunos más valientes se acercaban, intentando tocar al caballo mientras este se alzaba, como parte de un ritual lleno de emoción y adrenalina. Todo esto ocurría al ritmo de las gaitas y tambores, una música que parecía llenar cada rincón de Ciutadella, como si la misma ciudad estuviera viva.


Me quedé hipnotizado observando cómo los caballos y sus jinetes avanzaban por las calles. Había algo casi místico en esa escena, una conexión palpable entre los animales, los hombres y las personas que los rodeaban. Era como si el tiempo se hubiera detenido por completo, permitiéndonos a todos ser testigos de una tradición que llevaba siglos siendo el corazón de esta isla.





La noche avanzaba y la energía no disminuía. Las calles estaban llenas de vida, con niños corriendo, adultos conversando y grupos de amigos brindando con pomada, esa mezcla refrescante de gin menorquín y limonada que era imposible no probar. El ambiente era una mezcla perfecta de emoción, orgullo y camaradería. Aunque yo no era local, me sentí parte de esa comunidad por una noche, como si esta celebración también me perteneciera.


Antes de irme, caminé hasta una pequeña plaza donde algunos jinetes y caballos descansaban. Era un momento más tranquilo, pero no menos impresionante. Los animales parecían entender su importancia en la celebración, y los jinetes los cuidaban con dedicación, acariciándolos y ajustando sus decoraciones para el gran desfile del día siguiente.




Aquella noche fue más que una víspera de fiesta; fue un viaje a las raíces de Menorca, a su alma. La conexión entre los caballos, los jinetes y la gente era algo único, casi indescriptible. Cuando finalmente me fui a descansar, sabía que lo que había presenciado quedaría grabado para siempre en mi memoria: una noche mágica, un preludio perfecto para el día más importante de San Juan.

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