Experiencia ecuestre .

 Durante mi primera visita a Sharm El Sheikh, inmerso en las intensas jornadas de dobles inmersiones de buceo, decidí tomarme un día off, un respiro en medio de ese mundo submarino fascinante que había estado explorando. Quería algo diferente, algo que me conectara con la tierra después de tanto tiempo bajo el agua. Así fue como terminé en un sitio especial, un lugar en medio del desierto donde tenían hermosos caballos árabes.



Al llegar, me impresionó la majestuosidad de esos animales. Sus líneas elegantes, el brillo en sus ojos y la fuerza que irradiaban eran algo único. Uno de los entrenadores, con un saludo cálido y una sonrisa tranquila, me presentó a un corcel en particular: un imponente caballo de pelaje oscuro y mirada intensa. Me dijeron su nombre, aunque confieso que quedé tan embelesado que no lo retuve. Lo que sí recuerdo es la sensación de acariciar su cuello y sentir la fuerza contenida bajo su piel.


Poco después, monté aquel caballo y me adentré en el desierto. Al principio, avanzábamos al paso, con el sonido rítmico de las pezuñas golpeando la arena y el viento cálido acariciándome el rostro. Pero pronto, con una leve señal, el corcel comenzó a galopar, y fue como si el tiempo se detuviera. La sensación de libertad era abrumadora. La vastedad del desierto se extendía ante mí, con sus dunas doradas y su horizonte infinito, mientras el caballo y yo nos movíamos como si fuéramos uno solo.



El aire seco y cálido se mezclaba con el olor a arena y a caballo, y el sol descendía lentamente en el cielo, tiñendo todo con tonos de oro y rojo. No era solo un paseo; era una conexión con la tierra, con el desierto, y con la historia que parecía palpitar en cada grano de arena. En esos momentos, sentí que me alejaba de todo lo cotidiano, de la rutina del buceo, del ruido del mundo, y me adentraba en algo más puro y esencial.



Cuando regresé al punto de partida, con el corazón todavía acelerado y una sonrisa imborrable, me despedí de aquel corcel con una caricia agradecida. El día off en el desierto había sido exactamente lo que necesitaba: una pausa llena de vida, una experiencia inolvidable que complementaba a la perfección la magia del Mar Rojo.



Esa noche, mientras descansaba, recordé cada momento del galope y supe que había vivido algo que quedaría conmigo para siempre. El desierto y el caballo me habían regalado una libertad que solo puede sentirse en un lugar como ese.

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