Despedida.



 La ceremonia comenzó con una solemne caminata hacia el cementerio, bajo un cielo despejado que contrastaba con la profundidad del momento. Susan, una anciana profundamente amada por su comunidad, madre del padre del hijo de mi esposa en aquel entonces, estaba siendo despedida. El lugar, un cementerio sencillo y humilde, carecía de grandes pretensiones, pero su sencillez reflejaba de alguna manera la autenticidad y calidez de su vida.



El féretro fue bajado directamente a la tierra. Un silencio profundo envolvía el ambiente mientras el olor fresco de la tierra recién removida se mezclaba con el aroma de las flores. Había montones de ofrendas florales, tantas que parecían formar un tapiz colorido alrededor del sepulcro. La comunidad había acudido en pleno, una multitud compuesta en su mayoría por personas de raza negra y mestiza, como es característico de la población de Dominica. Aunque las palabras fueron pocas, algunos pequeños cantos se elevaron, simples y sinceros, como una despedida íntima a una mujer que dejó huellas profundas en la vida de muchos.



Después del entierro, nos dirigimos a la iglesia. Era un espacio humilde pero lleno de vida, como si el espíritu de Susan y la energía de quienes la amaron estuvieran allí reunidos. La ceremonia en la iglesia fue profundamente conmovedora. Los cantos gospel resonaban con una fuerza que no solo llenaba el espacio físico, sino también el alma de cada uno de los presentes. Aquellas voces, cargadas de emoción y fe, narraban historias de esperanza y amor eterno, recordándonos que aunque Susan había partido, su espíritu permanecería con nosotros.




Los discursos que se pronunciaron fueron igualmente impactantes. Amigos, vecinos y familiares compartieron recuerdos y anécdotas que pintaban el retrato de una mujer generosa, sabia y profundamente comprometida con su comunidad. Hablaron de su risa, de su manera de aconsejar sin juzgar, de cómo siempre estaba dispuesta a ayudar a quien lo necesitara. Cada palabra era un tributo a una vida bien vivida, una vida que tocó tantas otras.


Yo escuchaba en silencio, observando cómo cada persona, al hablar, derramaba no solo lágrimas, sino también gratitud y admiración. A medida que avanzaba la ceremonia, sentí una conexión más profunda con aquella mujer a quien apenas conocí. Su legado se manifestaba no solo en las palabras de quienes la despedían, sino en la unión y el respeto que su partida había logrado reunir.


Al salir de la iglesia, el aire fresco de la tarde parecía más ligero, como si la ceremonia hubiera aliviado la carga del adiós. Mientras los últimos acordes de un himno gospel todavía resonaban en mi mente, comprendí que Susan había dejado un vacío, sí, pero también un ejemplo de vida que, como las flores alrededor de su tumba, seguiría floreciendo en la memoria de todos los que tuvimos el privilegio de estar allí ese día.

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