Disfrute culinario. Edición Tailandia.



 Una de las cosas que más disfruto al viajar es la oportunidad de conocer nuevas culturas, conectar con la gente y, sobre todo, explorar la historia y la diversidad culinaria de cada lugar que visito. Así que cuando estuve en Tailandia con algunos miembros de mi club de buceo, la gastronomía local se convirtió en una parte esencial de mi experiencia.


Recuerdo que, durante una de las reuniones del grupo, uno de los chicos propuso algo que me dejó perplejo: ir a un restaurante que servía comida sueca. Lo miré sorprendido y le dije: “¿Qué sentido tiene venir a Tailandia para comer comida sueca? Si estoy aquí es para disfrutar de la comida tailandesa, conocer sus sabores, sus tradiciones, su esencia.” Mis palabras resonaron entre los demás miembros del grupo, y nadie aceptó la propuesta. Todos coincidimos en que la comida tailandesa debía ser la protagonista de nuestro viaje, y esa decisión nos regaló momentos inolvidables.





Cada día seguíamos una rutina muy especial. Durante las inmersiones, entre la primera y la segunda, almorzábamos en el bote de buceo. Era un momento mágico: comer rodeados de aguas cristalinas, disfrutando de platillos sencillos pero llenos de sabor, mientras compartíamos nuestras impresiones de la vida marina que habíamos explorado. Al regresar al puerto, siempre nos esperaba una comida más sustanciosa, casi como una cena temprana, que nos llenaba de energía tras un día lleno de actividades.


Por las noches, la experiencia culinaria alcanzaba otro nivel. Tomábamos un tuk-tuk, esas mototaxis típicas de Tailandia con espacio para varios pasajeros, y nos dirigíamos al pueblo cercano al hotel. 



Allí, el mercado era un espectáculo para los sentidos. Había una sección especialmente dedicada a los frutos del mar: una especie de grandes bañeras llenas de hielo donde exhibían pescados, mariscos, langostas, jaibas, sepias y pulpos. Todo fresco, todo esperando ser elegido. El proceso era sencillo y fascinante: señalabas lo que querías, y lo preparaban al momento, con las especias y salsas que quisieras.



Los sabores eran extraordinarios. No se trataba solo de comer, sino de experimentar la frescura y autenticidad de la cocina tailandesa en su máxima expresión. El equilibrio de sabores —dulce, salado, ácido y picante— hacía que cada platillo fuera una obra de arte culinaria. Cada bocado era una celebración del lugar en el que estábamos.



Aquel viaje me dejó una lección muy clara: cuando visitas un país, debes sumergirte en su cultura, y no hay mejor manera de hacerlo que a través de su comida. Así que aunque respeto los gustos de todos, todavía no logro entender qué motivó a aquel chico a proponer comer comida sueca en Tailandia. Por mi parte, sé que tomé la decisión correcta. Tailandia me regaló sabores, olores y experiencias que jamás olvidaré.

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