Viajes . El mapa en la piel.


Hay quienes coleccionan objetos, otros acumulan rutinas. Yo, en cambio, he preferido tatuarme el mundo en la memoria, como si cada país visitado fuera un latido más en el pulso de mi vida.


Todo empezó bajo el sol centroamericano, en Nicaragua, donde la tierra huele a maíz y las montañas conversan con los volcanes. De ahí volé a México, país de máscaras y milagros, donde los altares caseros y el olor a mole le mostraron que lo sagrado puede ser cotidiano.


Cuba, mi raíz, fue más que un viaje: fue regreso, reconocimiento, espejo. 

Desde allí salté al Caribe profundo —Dominica, Antigua y Barbuda, Jamaica—, donde las palmas dan sombra a las historias y el mar tiene voz de tambor.


Luego vinieron las primeras brújulas europeas. Suecia me abrazó con su silencio limpio, sus lagos fríos, su invierno largo como un poema sin fin. Pero también fue desde allí que el mapa se expandió como un corazón abierto.


Italia, con sus máscaras venecianas, me enamoró sin condiciones. En cada viaje volví a encontrarme. España me ofreció su duende, su sol, su idioma transformado en danza. En Francia, el arte era una esquina, una panadería, una conversación. Grecia, blanca y azul, le regaló sus islas como promesas susurradas al oído.


Recorrí los Países Bajos, donde los tulipanes parecían flotar. Caminé por Alemania, país de trenes puntuales y pasado denso. En Bélgica, el chocolate y los puentes antiguos me hablaban en voz baja. Portugal fue canción de marineros, nostalgia dulce. En Gran Bretaña, la lluvia y el té templaron mis pasos.


Me perdí a gusto en los Balcanes —Montenegro, Serbia, Croacia— donde la historia aún canta en las piedras. En Eslovenia, el verde se parecía a la calma. En Austria, la música flotaba en el aire. El norte de Chipre fue un susurro entre fronteras, y en Polonia y Eslovaquia, descubrí que el pasado a veces duerme bajo la nieve.


Y aún no hemos hablado de los cielos del Asia profundo, ni del zoco ardiente en Egipto, ni de los corales en Maldivas. Ni de los días en Tailandia, donde el budismo respira en cada gesto, o Filipinas, donde la sonrisa es una bandera.

Comentarios

Entradas populares