Vino seco
La noche que no dormía
La noche de carnaval no terminaba cuando acababa el desfile de la comparsa. Al contrario, ese era solo el principio.
Regresábamos al punto de partida, allá en la beca frente al malecón, todavía sudando brillo, tambores en el pecho y lentejuelas en el alma. Y entonces comenzaba otra fiesta: dominó, risas, tragos improvisados, abrazos que sabían a sal y a música.
Amanecía sin darnos cuenta.
Y como si eso no bastara, la segunda parte del ritual era irnos para Guanabacoa con los muchachos del Grupo de Piro Nuevo, sobre todo con Tomasito y David.
Allá, entre cuentos y carcajadas, seguíamos celebrando, ahora con una bebida que era casi un invento alquímico: vino seco —ese que normalmente se usa para adobar carnes—, mezclado con agua y un poco de azúcar para disimular su verdadero carácter. Una locura deliciosa.
Era tiempo de juventud loca. De cuerpos incansables y corazones ardientes. De vivir sin relojes, sin culpa, sin miedo al día siguiente.
Y aunque ahora ya no beba vino seco ni me quede en vela hasta el amanecer, todavía me brillan los ojos cuando me acuerdo.








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